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A todas nos discriminan por gorda


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Por María Alejandra Energici S. , académica Facultad de Psicología, UAH

La violencia hacia las mujeres gordas es un asunto ampliamente naturalizado y legitimado socialmente. En la investigación que realizamos sobre los significados y valoraciones asociadas a la gordura (1), el insulto hacia una mujer grande es relatado entre risas por los jóvenes: a una mujer que hace ejercicios en una plaza pública le gritan desde un bus “guatona culiá”.

Esta violencia no sorprende respecto a las múltiples formas de discriminación identificadas para las mujeres gordas: ellas sufren una exclusión específica que no afecta a sus congéneres delgadas u hombres gordos. No es que sean únicamente más proclives a ser agredidas, como en el caso del ejemplo, sino que son discriminada en casi todos los ámbitos de su existencia y a lo largo de toda su vida: son discriminadas en los colegios y en los lugares de trabajo, tienen menos posibilidades de emparejarse, de cohabitar y de casarse que una mujer delgada. Tienen que desplazarse en sistemas de transportes que no están diseñados para sus cuerpos. Son discriminadas en el sistema de salud, donde, generalmente, son menos examinadas pues se asume que cualquier malestar se explica por el exceso de peso. Y por último, son excluidas en los medios de comunicación a través de una casi completa invisibilización, pues casi no hay mujeres gordas en el cine y la televisión (2).

¿Cómo podemos pensar esta violencia? Una alternativa, es considerarla una discriminación hacia un grupo específico. Una agresión, que por cierto es lamentable y debiese ser evitada, pero que afecta a un grupo pequeño y minoritario. Esta parece ser la posición predominante, pues la discriminación hacia las mujeres gordas suele no ser materia de preocupación social ni académica. Otra posibilidad puede ser comprender y examinar el rechazo hacia el cuerpo gordo, para reflexionar sobre las normativas sociales del tamaño del cuerpo y sus consecuencias. Esta es la ruta que sigo en este texto.

Para el sexo femenino el cuerpo funciona como la exteriorización del carácter moral. Es decir, el cuerpo de la mujer se considera como el reflejo de sus atributos internos, constituyéndose como una metonimia del yo (3). Dado esto, no sorprende que socialmente se estime que el cuerpo debe ser un asunto central en la existencia femenina (basta hojear cualquier revista femenina para encontrar infinitos artículos sobre el cuidado del cuerpo o cualquier de sus partes como el rostro, el cabello, la silueta o la piel). No ocurre así con los hombres, en general el yo masculino tiende a articularse en el trabajo. Tomando la división cartesiana mente – cuerpo, donde la primera se asocia a procesos superiores, como el pensamiento, y el segundo a asuntos inferiores como los deseos y las necesidades, articular lo femenino como una preocupación por el cuidado del cuerpo establece la siguiente asociación: los hombres a lo público, al trabajo, el lugar social del privilegio, mientras que a las mujeres nos corresponde el espacio de lo privado, del cuerpo, de la apariencia, la moda y la frivolidad.

Ello implica que la mujer gorda fracasa en un asunto central para la constitución de su feminidad. Como consecuencia, se vale de atributos como indisciplinada, perezosa y quien carece de voluntad y autocontrol. Es, en definitiva, menos mujer. En los grupos de discusión esto aparece descrito sobretodo para las mujeres jóvenes.

Esto, por otra parte, agrega una complejidad a la identificación de lo femenino con la maternidad, ampliamente descrita en la teoría feminista. Si bien la fórmula de “quien es madre es verdaderamente mujer” es cierta para las mujeres adultas, para las jóvenes, que aún no se encuentran en edad para ser madres, su feminidad se juega en lograr y mantener un cuerpo delgado. De acuerdo a estas reglas, quien conquista la maternidad y un cuerpo delgado es emblema de feminidad y juventud (piénsese por ejemplo en las fotografías de actrices y modelos que a pocos días de dar a luz exhiben un cuerpo que no parece haber pasado por un embarazo).

En consecuencia, la regla social que vincula lo femenino con un cuerpo delgado nos afecta a todas. La constitución de aquello que nos es propio está socialmente puesta en asuntos de escasa valoración social como la apariencia y la moda. Lo propiamente masculino está en las ideas y lo complejo, lo femenino, en cambio, en lo aparente, lo irrelevante, lo pueril. Ahora bien, podemos preguntarnos ¿por qué un cuerpo delgado? ¿por qué no puede ser el cuerpo gordo signo de feminidad? La asociación entre feminidad y maternidad permitiría fácilmente esta vinculación. Si bien no existe una respuesta a esta interrogante, la instalación del ideal de la delgadez coincide históricamente con la entrada de la mujer al mundo laboral, la lógica del argumento es la siguiente: la entrada de la mujer al espacio público es a costo de la reducción su cuerpo, más presencia en lo laboral es acompañada por una menor presencia física. Si bien este argumento puede ser discutible, lo que parece menos debatible es que la gordura trasgrede la norma de que las mujeres no debemos usar mucho espacio. La delgadez se asocia con lo frágil, lo débil, lo pasivo; lo pequeño puede usar un lugar secundario visualmente. Lo grande irrumpe, se vincula con la fuerza, el movimiento y, por tanto, lo masculino. La mujer delgada representa a la dama, es quien come poco, quien alimenta a otros antes que a sí misma, y que generalmente no pide mucho para sí (4). Es figura de suavidad y sutileza.

De esta manera, la norma de género que idealiza lo esbelto y condena lo gordo, también afecta a la mujer delgada. La sitúa en un lugar secundario, junto a lo delicado y lo débil. La ley sobre el tamaño del cuerpo, por tanto, es una forma de discriminación de género donde a las mujeres nos caben dos posibles posiciones, ambas desventajosas: mujer frágil y pasiva o no ser del todo mujer. En este sentido, la discriminación hacia la mujer gorda, no es un asunto que afecta a un grupo minoritario, sino la reproducción de una regla social del tamaño del cuerpo que afecta la noción misma de lo femenino y por tanto, es asunto de todas.

A esto se agrega una última arista. De acuerdo a Judith Butler (5), lo abyecto, esto es, lo rechazado o considerado socialmente como inferior y repugnante, es fundamental para la constitución del sujeto: “Esta zona de inhabitabilidad constituirá el límite que define el terreno del sujeto; constituirá ese sitio de identificaciones temidas, contra las cuales – y en virtud de las cuales- el terreno del sujeto circunscribirá su propia pretensión a la autonomía y a la vida” (p. 20). Para el cuerpo esto implica que todas, gordas y delgadas, tenemos a una gorda interior a la cual tememos profusamente. En este sentido, la discriminación hacia la gordura no es solamente social, sino que se vuelve una regla interna, una norma para la relación con sí misma. No es únicamente que se nos categorice como más o menos mujer por nuestro tamaño, sino que nosotras mismas estimamos nuestra valía en razón de nuestro peso. Ello lo hace un dispositivo de dominación complejo, difícil de identificar y desarticular.
A todas nos discriminan por gorda, pero peor aún, todas nos discriminamos por gorda.


Referencias

(1) Proyecto de investigación: La construcción social de la gordura y los desafíos de su abordaje teórico y empírico. Estudio exploratorio con personas jóvenes y adultas de Santiago. Fondo Fomento a la investigación para académicos de la Universidad Alberto Hurtado.
(2) Fikkan, J. L. & Rothblum, E. D. Is Fat a Feminist Issue? Exploring the Gendered Nature of Weight Bias. Sex Roles 66, 575–592 (2012).
(3) Tischner, I. (2013). Fat Lives. Routledge: New York..
(4) Solovay, S. & Rothblum, E. (2009) in The Fat Studies Reader (eds. Rothblum, E. & Solovay, S.) 1–7. New York University Press: New York.
(5) Butler, J. (2002). Los cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Paidos: Buenos Aires.