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Hacia la transformación de las aulas en espacios de debate.


Por Antonia Larrain, Académica Facultad de Psicología UAH.

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Asistimos a un momento histórico (uno entre otros que lo han precedido y vendrán) en el que la educación es tema de público debate y opinión. Lo que alegra. Sin embargo, preocupa que la discusión en torno a la estructura que queremos, vaya desligada de la discusión acerca de lo que queremos que suceda en ella. No se trata aquí de afirmar una distinción entre estructura y procesos. Sino justamente apuntar a la necesidad de preguntarnos, y más aún, de usar la imaginación para construir una visión de lo que queremos que suceda en la escuela y en las aulas, que dote de vida y poder a la estructura en-re-diseño.

Una de los aspectos por pensar es qué queremos que suceda dentro del aula. Cómo queremos que se enfrente la tarea de enseñar y aprender en la escuela. Y no es fácil ponerse en ese escenario. Fundamentalmente porque si revisamos lo que se sabe hoy en día acerca de aquellos procesos que transversalmente, es decir, independiente del subsector que se trate, más y mejor favorecen el aprendizaje escolar, nos encontramos con una sorpresa: la discusión de ideas diferentes. Discutir ideas contrarias y distintas, es decir, formular distintas ideas, entregar y pedir razones, y evaluar críticamente las ideas de otros, parece ser decisivamente uno de los factores que explica la efectividad de la colaboración productiva dentro del aula (1). Más aún, esto no sólo favorece el conocimiento lingüístico, sino el aprendizaje conceptual tanto en ciencias, historia y matemáticas (ver ref. 2; 3 y 4). Cuando se discuten ideas, es decir, se usa un discurso argumentativo, los niños aprenden más que cuando no discuten, hablan acerca de hechos o sólo escuchan. Y aprenden de manera más estable en el tiempo. Aún más. Argumentar en la escuela para aprender contenidos escolares promueve el desarrollo de habilidades de argumentación individuales (ver ref. 5) que son habilidades claves para el ejercicio de la ciudadanía. Argumentar entonces nos prepara para colaborar e innovar, pues ayuda, como quizá ninguna otra forma de habla, a comprender el estado actual del mundo en el que vivimos y los productos simbólicos con los que lo hemos creado, y colaborar sin conformismos ni adulaciones para mejorar y avanzar.

¿Cómo entonces no querer transformar las aulas en espacios de debate y deliberación? Hay diversas razones para pensar que esta transformación no es simple. Sabemos que la argumentación es un tipo de discurso altamente sensible a variables de contexto. Por ejemplo, uno no se involucra en una discusión si sabe que el asunto a discutir ya está zanjado; o si asume que el interlocutor sabe mucho más que uno; o si uno no conoce nada el tema; o si las instrucciones no son claras al respecto; o si no hay tiempo para deliberar, entre otros. El aula justamente tiene una serie de barreras que hacen necesario un diseño muy cuidadosos: hay que transformar los temas de manera de que sean polémicos; organizar las interacciones de manera que el poder esté simétricamente distribuido; sacrificar ciertos temas para darle tiempo a la discusión, entre otros. Por otro lado, para transformar un aula en espacio de debate y deliberación, los profesores y profesoras deben contar con un entrenamiento para facilitar estas interacciones, lo que es más complejo a medida que los estudiantes crecen y necesitan más enseñanza explícita acerca de argumentación. La evidencia disponible muestra que no basta con espacios de formación para docentes en la universidad, sino que es necesario promover espacios de deliberación y debate en el trabajo docente de manera de que se apropien de esta forma de hablar y pensar.

En este sentido, tanto el diseño curricular como la formación docente ya son grandes desafíos de asumir si se quiere transformar las aulas en espacios de deliberación y debate. Sin embargo, el mayor escollo es tal vez la necesidad de contar con un convencimiento político y ciudadano de que esto es urgente y necesario, tanto para transformar nuestro sistema productivo como para mantener la paz social y profundizar nuestra democracia (si es que algo como eso existe).

¿Estamos de acuerdo de que esto es importante? ¿Queremos transformar el aula en esta dirección? ¿Estamos dispuestos a promover el desarrollo de ciudadanos reflexivos y razonables? Creo que necesitamos una discusión honesta al respecto de manera de deliberar acerca de lo que queremos en base a argumentos razonables y razonados, y no a ideologías.

Referencias bibliográficas
(1) Kuhn, D. (2015). Thinking together and alone. Educational researcher, 44 (1), 46-53.
(2) Howe, C. (2009). Collaborative group work in middle childhood: Joint construction, unresolved contradiction and the growth of knowledge. Human Development, 39, 71–94. doi:10.1159/000215072
(3) Webb, N., Franke, M., Turrou, A., & Ing, M. (2013). Self-regulation and learning in peer-directed small groups. In D. Whitebread, N. Mercer, C.
(4) Wiley, J., & Voss, J. (1999). The effects of “playing historian” on learning in history. Applied Cognitive Psychology, 10(7), 63–72. doi: 10.1002/(SICI) 1099-0720(199611)10:7<63::AID-ACP438>3.0.CO; 2–5.
(5) Kuhn, D., & Crowell, A. (2011). Dialogic argumentation as a vehicle for developing young adolescents’ thinking. Psychological Science, 22, 545–552. doi: 10.1177/0956797611402512