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Ignacio Martín-Baró, la psicología social y Latinoamérica en conflicto


Por Elizabeth Lira, decana de la Facultad de Psicología, Universidad Alberto Hurtado

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El 16 de noviembre de 2014 se cumplieron 25 años de la muerte de Ignacio Martín-Baró, S.J. Hace un cuarto de siglo Ignacio tenía 47 años. Era vicerrector académico de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Había hecho sus estudios de doctorado en Psicología Social en Estados Unidos y era reconocido por sus colegas en distintas universidades de España, su país natal, Estados Unidos y América Latina, y recibía numerosas invitaciones para dictar conferencias y participar en seminarios y coloquios. Dirigía varias iniciativas universitarias en la UCA, especialmente en el ámbito de las comunicaciones. Era director de la Revista de Psicología de El Salvador y también del Instituto Universitario de Opinión Pública, que realizaba  encuestas que permitían dar cuenta de los problemas sociales y políticos en una sociedad muy censurada y en conflicto.

Había ingresado a la Compañía de Jesús  en 1958, cuando tenía 16 años. Era oriundo de Valladolid. Su condición de sacerdote y de jesuita era el centro de su vida. Tomó la nacionalidad salvadoreña y El Salvador se convirtió en su patria escogida. En 1989 era párroco de Jayaque, una parroquia rural a 40 kms de San Salvador.  Ignacio publicaba artículos y libros y enseñaba; se daba tiempo para conversar con estudiantes y profesores y responder las cartas que recibía de distintas partes del mundo. Jugaba fútbol y tocaba guitarra  y cantaba cuando podía escaparse de las tareas cotidianas.

Como todos los salvadoreños, vivía bajo la presión de una guerra que había empezado en 1981, que a fines de esa década contaba con miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados. La guerra civil dividía y polarizaba al país y mantenía una amenaza de muerte sobre todos los habitantes, incluyendo a la población civil que no quería verse involucrada en el conflicto. En esas condiciones, Ignacio desplegó una capacidad sorprendente para convocar a otros a tareas académicas que contribuyeran a superar el conflicto político y sus efectos. El diálogo por la paz era una preocupación que había involucrado a los jesuitas desde 1985. La paz era un objetivo ético y político y requería hacerse cargo de las consecuencias de la guerra.

Ignacio era consciente de que las dictaduras y las guerras civiles generaban contextos polarizados que estrechaban la libertad y la autonomía personal, y forzaban a opciones políticas y éticas que requerían discernimientos complejos. Trabajaba intensamente para que el presente de conflicto transitara hacia un futuro democrático que construyera la paz sobre la base de la justicia. Le preocupaba especialmente cómo enfrentar las consecuencias del terrorismo de Estado y de la guerra en las víctimas y en la sociedad, y cómo transitar hacia un proceso de paz que se hiciera cargo de las heridas de las personas, de las víctimas, de las rupturas en las relaciones sociales. Ignacio identificaba la importancia de la psicología para visibilizar los obstáculos psicosociales que impedían poner fin a la guerra desde las personas y desde las estructuras de poder, así como la potencial contribución de nuestra disciplina a los procesos de verdad, reparación y justicia.

Su diagnóstico sobre los efectos de la guerra lo había llevado a señalar que una consecuencia psicosocial muy drástica era la devaluación de la vida humana en el quehacer cotidiano en El Salvador. La violencia se había internalizado expresándose como una indiferencia afectiva y moral generalizada en la sociedad ante las atrocidades, humillaciones y pérdidas, y podía llegar a ser una hipoteca psicológica que amenazaría la convivencia democrática en el futuro. ¿Pero cómo contrarrestar esos efectos? ¿Cómo superar sus consecuencias?

Ignacio, en medio de la guerra, propuso que se creara una red académica solidaria que trascendiera las fronteras, para contribuir a la discusión de teorías y métodos para la formación y entrenamiento de profesionales capaces de responder a las necesidades de las víctimas, y para proponer políticas públicas para enfrentar las consecuencias de esos conflictos políticos. Subrayaba la importancia de contar también con esa red solidaria ante las amenazas mayores, que en esos tiempos podían hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

Nos conocimos personalmente en el Congreso de la Sociedad Interamericana de Psicología que se realizó en La Habana en 1987. Acordamos trabajar en la formación de psicólogos en torno a las formas de intervención terapéutica y psicosocial, con el equipo del Instituto Latinoamericano de Salud y Derechos Humanos. Y en marzo de 1988 fuimos a trabajar a la UCA. Posteriormente diseñamos una investigación sobre los niños y la guerra y articulamos la forma de hacer operativa esa red.  Fui parte de esa iniciativa que alcanzó apenas a expresar solidaridad y a proponer estudios específicos, pero que no pudo evitar el asesinato de Ignacio.

En julio de 1989 vino a Chile, después de haber participado en el congreso de la Sociedad Interamericana de Psicología en Buenos Aires, y compartió el interés y la necesidad de pensar la contribución de la psicología a los procesos de transición política que se iniciaban en el cono sur de América. Muchos estudiantes de Psicología fueron a sus conferencias y se sintieron convocados a pensar la disciplina desde otra mirada. Cuatro meses después sería asesinado por el ejército del país al que había elegido como propio.

Quienes lo conocimos y quienes seguimos sus enseñanzas, no hemos dejado de sentir su ausencia y su pérdida en estos 25 años. Ignacio fue de aquellos seres humanos que logran trascender su vida para convocar con su legado: unir la investigación científica y las tareas académicas a las necesidades de paz y justicia, y a la reparación de las víctimas. Su interpelación apuntaba a poner nuestros conocimientos al servicio de las necesidades de las mayorías. Ignacio logró que su fuego propio encendiera otros fuegos y que sus huellas perduraran más allá de su muerte como una sorprendente celebración de la vida. Su compromiso ha convocado a muchos psicólogos en América Latina a transitar hacia el sentido y validez de su pensamiento crítico, a pensar la sociedad más allá de los contextos políticos impuestos y a proponer la contribución específica de la psicología social en la tramitación de los conflictos políticos, en el conocimiento de las raíces de la violencia y en el conocimiento de las condiciones de la paz.

 

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