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Genocidio, comunidad moral y contexto


Por Manuel Guerrero, doctor (c) en Sociología de la Universidad Alberto Hurtado y académico de la Universidad de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Alberto Hurtado.

 genocidio

¿Cómo es que un grupo de personas, a veces la propia población de un país, se convierte en exterminable? ¿Cuáles son los modos particulares en que se llevan a cabo estos exterminios? ¿A partir de qué tipos de legitimación se logra consenso para su implementación? ¿Cómo se construye la identidad de las víctimas y las lógicas de “alteridad negativa” o estigmatización? ¿Qué etapas recorre un genocidio desde su emergencia como idea hasta su implementación como “solución”? ¿Qué consecuencias produce a nivel material y simbólico? Y ¿qué hace que una persona normal se convierta en genocida?

Para comprender estos procesos, resulta crucial el estudio de colectivos de personas que han sido expulsadas de la comunidad moral, convirtiéndose así en aniquilables. Ejemplos hay muchos. El escritor judío Primo Levi, en su libro “Los hundidos y los salvados”, sintetiza varios de los aniquilamientos masivos más importantes del “siglo de los genocidios”, poniendo énfasis en el vivido por él: “No obstante el horror de Hiroshima y Nagasaki, la vergüenza de los Gulag, la inútil y sangrienta campaña de Vietnam, el auto genocidio de Camboya, los desaparecidos en la Argentina y las muchas guerras atroces y estúpidas a las que hemos venido asistiendo, el sistema de campos de concentración nazi continúa siendo un unicum, en cuanto a magnitud y calidad. En ningún otro lugar o tiempo se ha asistido a un fenómeno tan imprevisto y tan complejo: nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo, ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad”.

El término “genocidio” tiene un origen jurídico creado por el polaco judío Raphael Lemkin, a propósito de la aniquilación del pueblo armenio perpetrada por el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, y del ascenso del nazismo en los inicios de los años 30 del siglo XX. Lemkin, en 1933, escribió una ponencia que envió a la Conferencia Internacional para la Unificación del Derecho Internacional, celebrada en Madrid, en la que define los asesinatos en masa, con el término “crimen de barbarie”, como aquellas “acciones exterminadoras de colectivos sociales”. La propuesta de Lemkin fue declarar a la destrucción de colectividades raciales, religiosas, sociales o políticas, como un crimen bajo la ley internacional, dotando a cada Estado de la capacidad para tomar jurisdicción sobre tales actos, independientemente de la nacionalidad del criminal y del lugar donde le crimen fuese cometido.

El 9 de diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas aprobó la “Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio”, que tomó algunas de las ideas de Lemkin y lo definió como “la intención de destrucción total o parcial de un grupo nacional, étnico, racional o religioso como tal”.

Para que un genocidio ocurra, deben existir personas dispuestas a ejecutarlo. ¿Pero cómo es que alguien se transforma en un torturador y genocida? Podrá haber entre ellos personas con trastornos psíquicos severos, ¿pero serán todos? ¿O habrá otras posibilidades de explicación que la psicología social pueda aportar?

El enfoque conceptual desarrollado por el psicólogo jesuita Ignacio Martín-Baró en su “Psicología social de la guerra”, evita caer en explicaciones que naturalizan fenómenos complejos de acuerdo a un supuesto “instinto de agresión natural de la especie humana” o a la estructura psíquica particular de los perpetradores genocidas. Martín-Baró, junto a Ignacio Dobles Oropeza, al estudiar los procesos que conducen a las prácticas de tortura, puso atención al proceso de sobre y sub valorización de la víctima por parte del torturador, pues, según dice, eso permite explicar la brutalidad en ascenso del acto de la tortura.

En efecto, se trata de una inversión de carácter ideológica, a partir de la cual el ser humano que se encuentra indefenso, degradado e impotente ante las circunstancias que lo han fijado en calidad de víctima frente al torturador, fue previamente convertido en “agente de poderosas fuerzas extrañas” o herramienta y parte de “conspiraciones internacionales”. De este modo, al ejercer la violencia, el torturador siente que cumple con el deber de luchar contra estas amenazas de proporciones magníficas. De este modo, el perpetrador genocida racionaliza su acción como defensor de la comunidad moral, de la cual ya ha sido expulsada mediante el mecanismo ideológico la persona convertida en víctima.

El perpetrador actúa en el contexto de un “fondo ideológico”, o creencia, de una parte de la población que se muestra indiferente y pasiva a sabiendas de que se practica tortura muy cerca de ella, justificando esto en un “orden natural” de las cosas. En este mundo ordenado, natural y justo, los malos son los culpables de las reprimendas de los buenos, mecanismo de inversión de causas y consecuencias, que tiene por efecto que el propio torturado sea responsable de la existencia de la tortura que se le aplica.

La psicología social de Ignacio Martín-Baró complejiza el fenómeno de las prácticas de exterminio ganando en riqueza interpretativa y analítica, y acercándose al tema ético. El genocida, desde esta mirada, ya no es un ser poseído por instintos perversos o sádicos. O si lo es, lo es tal como cualquier ser humano normal. El secreto de las prácticas genocidas no se encuentra, por tanto, en su problemática psicológica individual. Pues fueron hombres y mujeres normales quienes mataron a millones de hombres y mujeres normales a lo largo del siglo XX y en lo que va de siglo XXI. Y son contextos socio históricos determinados los que posibilitan la tortura y otras formas de exterminio, encontrando incluso legitimidad en parte de la población.

Mirar a la cara a esta “normalidad”, que desde otros marcos éticos nos parece aberrante, resulta complejo pero vital para ponernos en alerta y avanzar a construir relaciones sociales que no se basen en la humillación y destrucción del otro, sino en la compasión, cooperación y solidaridad, para que otra normalidad advenga, en la que las prácticas genocidas no sean posibles ni admisibles: una sociedad decente cuyas instituciones no humillen a las personas ni a ningún ser sintiente. Inspirados en Martín-Baró seguimos trabajando para lograrlo.

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