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Construcciones y desplazamientos de la memoria en la literatura peruana


Por Lucero de Vivanco*, doctora en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Chile y académica de la Universidad Alberto Hurtado.

el ojo que llora

 

Entre los años 1980 y 2000, el Perú vivió un período de violencia política sin parangón en toda su vida republicana. El conteo final del conflicto armado interno sostenido entre el Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP-SL) y el Estado peruano durante esos años asciende a casi 70 mil muertos. El 70% tanto de las víctimas como de los victimarios involucrados en el conflicto, pertenecía a los estratos más empobrecidos de la población, fundamentalmente campesinos quechua-hablantes, lo que grafica la conformación desigual y jerarquizada de la sociedad peruana, aun en un contexto de violencia.

En la literatura del Perú, es posible diferenciar dos grandes periodos en función de las transformaciones narrativas y los desplazamientos de la memoria que operaron en los textos de ficción al tenor de los procesos sociales y políticos experimentados durante el conflicto armado interno y los años posteriores a él: el primero es simultáneo a la ocurrencia del conflicto armado y en él predomina la representación de la violencia propiamente tal, y el segundo es posterior al término del conflicto y en él predomina la construcción de memorias.

En este breve ensayo, me referiré únicamente al periodo posterior al año 2000, años en que el Perú no solo ha consolidado un proceso de pacificación y vuelta a la democracia, sino también –según las interpretaciones más optimistas de la historia presente– ha experimentado estabilidad política y social, un crecimiento macroeconómico, el ingreso al mercado global, un auge turístico y su consolidación como una de las economías más dinámicas de América Latina.

En este contexto han surgido numerosos proyectos de construcción de memoria levantados a partir de lenguajes y registros distintos, que son la expresión de una necesidad y preocupación constante por elaborar el pasado traumático del país. Se instala en la literatura, por lo tanto, un eje de debate que gira en función de los problemas relacionados con las memorias, tales como la verdad, el perdón, la justicia y la reconciliación.

Hay al menos una treintena de novelas publicadas a partir del año 2000. Estas narraciones están situadas en los “límites de lo decible”, en términos de Judith Butler, al encumbrarse en torno a tres ejes dominantes: el primero, la toma de conciencia del trauma y la devastación alcanzada, y la consecuente necesidad y dificultad de llevar esa experiencia a la simbolización; el segundo, la disputa por la construcción de subjetividades, tanto en el plano de la enunciación (quién escribe y cómo) como del enunciado (qué se escribe); y el tercero, la búsqueda de formas narrativas que, sin dejar de referirse al tema peruano, dialoguen con la literatura contemporánea global, en una suerte de tensión entre memorias locales y tiempos globales.

A grandes rasgos, hay dos tipos de textos literarios en este periodo. Los primeros provienen de autores de la tradición criolla letrada, que no han vivido la experiencia de la violencia de manera cercana y que, por lo tanto, tienen un lugar de enunciación dislocado respecto de la violencia que rememoran. Por tal motivo, la dificultad de la simbolización del trauma en estos textos queda inscrita en el enunciado, en el argumento del texto, y no en la enunciación. Asimismo, la simbolización de la violencia se hace a partir de una serie de categorías culturales y de géneros narrativos de masas (thriller, novela policial, novela gráfica, cómic) que permiten “traducir”, de cara a un lector “global”, la condición compleja y multifactorial de la violencia en el Perú, al mismo tiempo que intensifican el potencial del texto en términos de entretenimiento y, por ende, como un bien de consumo.

El segundo tipo de textos proviene de autores que han experimentado en carne propia, o muy de cerca, la violencia y que provienen de grupos subalternos, ya sean criollos o andinos quechua-hablantes. Se trata de un fenómeno reciente e incipiente, en el que están surgiendo narradores de su propia experiencia.

Cinco características definen los desplazamientos que se están produciendo en la construcción de memorias gracias a estas nuevas voces:

Empiezan a utilizarse géneros menos ficcionales y más propios de las escrituras del yo: el testimonio, la autobiografía, el diario de vida.

Los indígenas dejan de ser enunciados por el sujeto letrado (dejan de ser objetos de enunciación, objetos de estudio) para asumirse como sujetos del enunciado y de la enunciación. Es decir, en una suerte de deconstrucción de las representaciones decimonónicas del sujeto indígena, emerge un sujeto post-indigenista, que asume de manera autónoma la elaboración de su propio relato, la representación de su propia vida.

Una cuarta característica es que la dificultad de la simbolización del trauma no es “tema” de los textos, como en autores más globalizados, sino verdaderamente es parte de la estructura de los mismos: el trauma está en las opciones narrativas tomadas, en la fragmentación del lenguaje, en la interrupción de la racionalidad, en la ruptura de la secuencia lógica.

Finalmente, hay una característica que agita la dimensión ética de la memoria: frente a la polarización entre las posiciones de víctima y victimario, común en la década de los 80 y los 90, se introduce ahora una complejidad mayor, que visibiliza matices intermedios y sugiere el autoexamen de los roles desempeñados durante el conflicto armado. Esto es posible a partir de la inclusión más exhaustiva del contexto personal y de la consideración del ámbito más cotidiano de la vida, lo que promueve un gesto de mayor comprensión y humanidad hacia los participantes directos y su memoria.

 

 

 * Un tratamiento más amplio sobre el tema puede verse en Lucero de Vivanco (ed.). Memorias en tinta. Ensayos sobre la representación de la violencia política en Argentina, Chile y Perú (Santiago: Ediciones UAH, 2013).

 

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