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La Intervención Psicosocial en el incendio de Valparaíso


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Por Enrique Chia Chávez, Psicólogo. Académico, Pontificia Universidad Católica de Chile y Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

El incendio ocurrido en los cerros de Valparaíso y las actividades de voluntariado y de intervención que se han llevado a cabo durante los meses siguientes, hacen necesario realizar un proceso de análisis y reflexión de la calidad, profesionalidad, adecuación y oportunidad del trabajo que se ha hecho en el campo de la intervención psicosocial en este evento.

En el incendio, y como ocurrió en el terremoto y tsunami del 2010, concurrieron una gran cantidad de psicólogos y estudiantes de psicología a asistir a los damnificados durante las dos primeras semanas. Para quienes hemos estado interviniendo en desastres colectivos desde hace más de 20 años, este hecho tiene aspectos positivos, pues ahora se puede atender a una población mucho mayor lo que indica que hay una mayor sensibilización profesional por estos sucesos, pero, en la práctica, tiende a tener muchos más aspectos negativos:

Es necesario preguntarse qué tan preparados están dichos psicólogos y estudiantes para intervenir en este tipo de situaciones. En la formación de profesionales para la intervención en emergencias y desastres, se distinguen tres niveles: la sensibilización, que es la introducción inicial al problema donde se explican a grandes trazos, los fenómenos asociados a estos hechos, el impacto, las etapas y las formas de intervención, a través de charlas focalizadas de entre 2 a 4 horas de duración; la capacitación, donde se aprenden los modelos de comprensión e intervención en crisis, emergencias y desastres de forma más detallada y profunda, a través de cursos de entre 24 y 44 horas de duración aproximadamente; el entrenamiento, donde, además de la formación teórica, se incluye la práctica en la intervención psicosocial en este tipo de situaciones, que se da en diplomas y cursos avanzados de especialización de entre 100 y 120 horas.

El problema es que la mayoría de los voluntarios que intervienen en los primeros días, sólo tienen formación a nivel de sensibilización, que se da cuando ya ha ocurrido el evento y hay que prepararlos en forma rápida. Esto aumenta la posibilidad de intervenciones fallidas, erróneas o directamente iatrogénicas, que pueden causar más daño aún en la población afectada. Esto no solamente se da en los voluntarios, sino que en ocasiones también se han desplegado equipos de salud mental municipales o de los servicios de salud en momentos y en modalidad de atención que no son los indicados por el mismo Ministerio de Salud y por los organismos internacionales de salud (OPS, OMS). El modelo actualmente adoptado por el Ministerio de Salud, derivado del modelo japonés (Kokoronekea), indica que no es conveniente realizar intervenciones terapéuticas en los tres días siguientes de ocurrido el evento donde la preocupación fundamental es la supervivencia, por lo que el apoyo externo debe estar centrado en la ayuda para satisfacer las necesidades básicas y en la protección de las personas. Asimismo, durante el primer mes después del evento, la intervención tiene que estar diseñada en función del acercamiento a la población y no en la modalidad de consultorio, donde se espera que sean los afectados quienes se acerquen a los lugares de atención.

Lo indicado sería que la formación de profesionales y también de voluntarios, se realice en los periodos de preparación para enfrentar emergencias, es decir antes de que se produzcan, y que en la intervención solamente puedan participar profesionales y voluntarios formados previamente y ojalá certificados, y no cualquiera que siga un impulso momentáneo, cuya formación y perseverancia puedan ser dudosas. Porque, además de no tener entrenamiento, la mayoría de los voluntarios desaparecen rápidamente de la escena y dejan, en muchas ocasiones, trabajo inconcluso y mal realizado. Es importante decir que además de personas, también aparecen grupos con nombres rimbombantes, cuya existencia y experiencia previa se desconoce absolutamente.

Lo paradójico es que, cuando se ofrecen programas de formación en el tema, incluso en cursos de pregrado, el interés es más bien bajo y es raro que los programas y cursos tengan un gran número de alumnos, lo que permite aumentar las suspicacias ante la avalancha de voluntarios en la primera hora después de ocurrido el evento.

En el caso de la tragedia en Valparaíso, hay que destacar variosaspectos muy positivos en la intervención, lo que implica un avance significativo en el establecimiento de modelos de intervención compartidos y en coordinación entre los equipos y las instituciones:La mesa de coordinación establecida en el servicio de salud funcionó de muy buena forma durante la etapa del impacto postraumático (el primer mes y medio después del incendio). Fue importante el diálogo entre las diferentes instituciones estatales, municipales y no gubernamentales, consultorios y universidades, donde se logró crear un espacio y una visión común sobre la intervención y se estableció una coordinación territorial que todavía hoy está funcionando en buena forma, y que constituye una buena alternativa de coordinación estable en este tipo de situaciones. Lo más importante de esto es que constituye un ejemplo concreto de un principio de intervención en situaciones de emergencias y desastres: el trabajo de los diferentes equipos de intervención debe ser coordinado, asociado y cooperativo, y no debe ser competitivo, individualista, ni descalificatorio, en el sentido que los esfuerzos profesionales coordinados son los únicos que pueden permitir acceder a una gran proporción de la población afectada por estos eventos traumáticos.

En segundo lugar, Varias instituciones y organizaciones consolidaron un trabajo sistemático y profesional, e implementaron una organización adecuada para enfrentar este tipo de sucesos. Es importante destacar la muy buena labor de la ONG Psicólogos Voluntarios, del Colegio de Psicólogos, filial V Región, y de varias universidades que han realizado un trabajo planificado y sistemático.

Otro punto importante es la persistencia del trabajo de un grupo significativo de personas e instituciones que más allá de la primera etapa de impacto postraumático y de la desaparición masiva de voluntarios y de la pérdida de interés de la opinión pública sobre el suceso, siguieron trabajando. Lo que entrega una señal importante y potente acerca de que se está empezando a construir una forma de organización profesional y colaborativa, que son los dos requisitos básicos y mínimos exigibles a quienes les interese trabajar en esta área de la intervención psicosocial.

En síntesis, se puede decir que en la intervención psicosocial en el caso del incendio de Valparaíso, se observaron aspectos negativos como la falta de formación en el tema de psicología de la emergencia de muchos voluntarios y profesionales; la falta de persistencia y compromiso real de una gran parte de los voluntarios que desaparecieron después de un breve tiempo de intervención y la falta de coordinación entre los diferentes grupos que tiene un riesgo anexo que es el de la sobreintervención en determinadas poblaciones. Los aspectos positivos han sido la buena coordinación y continuidad del trabajo de la mesa de salud mental, y la ratificación de que el éxito en este tipo de funciones tiene que ver con el trabajo profesional, multidisciplinario, sistemático y cooperativo de los diferentes equipos e instituciones que intervienen.

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