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Psicología y política: una mirada retrospectiva


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Por Elizabeth Lira K., Directora del Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado.

El golpe militar de 1973 fue semejante a un cataclismo para un sector de los chilenos. La represión política expuso a las personas a experiencias violentas y traumáticasa causa de sus ideas políticas. Las violaciones a los derechos humanos caracterizaron a la dictadura cívico militar (1973-1990) y se constituyeron en una amenaza potencial para cualquiera. El miedo era una reacción generalizada.

La detención en su propia casa del padre, la madre, un hijo o hija ante los familiares –muchas veces sus hijos pequeños– producía angustia, desesperación y sentimientos de desamparo e impotencia. La incertidumbre acerca del destino de su familiar por semanas o meses, la pérdida de su rastro y su desaparición, que en algunos casos se prolonga hasta el presente, fueron experiencias devastadoras. Mujeres y hombres, detenidos arbitrariamente y casi siempre torturados, expuestos al horror, vulneradosen nombre de sus lealtades y convicciones, volvían a los suyos profundamente afectados. Ese sufrimiento dio lugar a demandas de atención clínica, con la esperanza de encontrar alivio y contención para el sufrimiento propio y para los niños y adolescentes también afectados al quedar envueltos en la vorágine causada por la represión política y sus consecuencias.

La atención clínica se fue construyendo a partir de las herramientas profesionales disponibles. Al mismo tiempo, era una situación que afectaba también a los que brindaban la ayuda requerida, porque formaban parte de la sociedad en la que se estaban produciendo los hechos. Estas y otras consideraciones impulsaron la creación de equipos formados por psicólogos, psiquiatras y trabajadoras sociales en organismos de derechos humanos, con el fin de estudiar y proponer modalidades de tratamiento de acuerdo a las necesidades de las víctimas y sus familias, ya que la demanda de atención era compleja y sostenida en el tiempo.

A fines de los años 80 se habían formado pequeños equipos en Santiago y en algunas ciudades (Concepción, Temuco, Puerto Montt, Valparaíso y Punta Arenas) que proporcionaban atención individual, grupal y familiar. En la mayoría de los casos se trataba de intervenciones limitadas a las situaciones de crisis, pero se intentaba ampliarlas según lo adecuado para los consultantes. La existencia de estos equipos, así como de algunos profesionales que trabajaron en sus consultas, influyó en la visibilidad de la atención de salud mental como parte de la reparación que el Estado debía a las víctimas. De esta manera, entre las recomendaciones de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación se señaló la necesidad de proporcionar servicios para la rehabilitación de la salud general y, en especial, la salud mental. En cumplimiento de esta recomendación se creó el Programa de Reparación Integral de Salud para las víctimas de violaciones de derechos humanos (PRAIS) en el Ministerio de Salud, que existe en todo el país hasta el presente.

La necesidad de comprender la relación entre violencia, represión política, miedo y amenaza fue también una tarea para la Psicología. Sartre describió el conflicto argelino en términos análogos y casi familiares para la realidad chilena, especialmente entre los años 1973 y 1983: “Si cada cual encuentra sospechoso al vecino y teme que el vecino lo encuentre sospechoso a él (…) se tiene miedo de hablar…”.

Sin embargo, el miedo no sólo remite a las emociones que suscita y las reacciones defensivas que se despliegan. La reflexión sobre el miedo hace aparecer algunos de los dilemas éticos que se producen en contextos polarizados, cuando la vida pierde todo valor, cuando el “otro” deja de ser percibido como un ser humano y se transforma en enemigo: “(… ) Pero cuando más me asusté fue cuando el enemigo se acercó y vi que su cara era igual que la mía” (Bob Dylan, 1973). Es decir, cuando se constata que la destrucción y la muerte han tenido lugar “entre prójimos”. Esta distinción abre espacio a la posibilidad de despolarización y al encuentro entre las personas como semejantes, con todas las complejidades que supone para las víctimas, pero también con todas las reticencias y negaciones de los victimarios.

Muchos conflictos políticos, guerras y dictaduras, han empleado la tortura como recurso del poder. Desde tiempos ancestrales la tortura ha sido aplicada buscando la confesión del prisionero. Pero su función principal ha sido la reproducción del terror y del miedo a la muerte como instrumento intimidatorio de control social. Estos temas fueron objeto de trabajos grupales para contrarrestar los efectos paralizantes del miedo. Fue posible identificar que las personas temían a la represión y a la tortura, así como al desamparo, a la incomunicación, al encierro, a tener que abandonar a un hijo pequeño, a delatar y ser objeto de delación, a contestar el teléfono por la noche y recibir una amenaza, entre otras cosas (Lira y Castillo, 1991). A su vez, la franja política del NO, en el plebiscito de 1988, invitó a admitir al miedo como una forma de exorcizarlo. Al nombrar las situaciones amenazantes se abría un espacio de conversación sobre el destierro, sobre la desaparición forzada, sobre la tortura, sobre la pérdida del empleo y la pérdida de la autonomía y la libertad, con lo que se diluía su peso opresivo.

Las dimensiones analizadas aquí abren campos de estudio sobre la relación entre Psicología y Política, que se enlazan con preguntas recientes sobre la memoria política de la sociedad chilena. Sigue pendiente la elaboración cultural y política de un pasado traumático para muchos, del que se habla escasamente como si de esta forma desaparecieran sus consecuencias.

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Referencias:
Dylan Bob (1973). George Jackson y otras canciones.Madrid, Visor.
Lira Elizabeth y María Isabel Castillo (1991). Psicología de la Amenaza Política y del Miedo. Santiago, CESOC.
Sartre Jean Paul (1965). Colonialismo y Neocolonialism . Buenos Aires, Losada.

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