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Psicología, memoria e historia: recordando más allá de aniversarios


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Por Evelyn Hevia Jordán, Psicóloga Magíster (c) en Historia, Universidad de Chile, Académica Facultad de Psicología Universidad Alberto Hurtado.

Aun cuando hace varios años dejó de ser feriado, el 11 de septiembre ha quedado inscrito de manera simbólica en nuestro calendario. Para algunos, implica un recuerdo amargo, una postal de colores grises, con olor a humo y ruido de aviones bombardeando un sueño, un quiebre importante en sus vidas e ideales que se vieron fracturados por la violencia de ese día y los 17 años de dictadura que le siguieron. Para otros, es una fecha que evoca el sonido del Himno Nacional, imágenes de banderas izadas saludando a los militares y brindis de espumosa champaña a la salud de la liberación de la patria del “caos marxista”. Lo cierto es que para todos constituye una fecha que enmarca las memorias del pasado reciente y un punto de inflexión que nos permite situarnos en la construcción de este Chile actual.

Así como se pueden distinguir estas dos grandes postales que condensan recuerdos de ese “11”, cabe señalar que son diversos y cambiantes los significados y sentidos atribuidos a ese día, porque la memoria no es una facultad dicotómica ni polar: es una construcción que se realiza en tiempo presente, que no se puede explicar únicamente en la metáfora del blanco/negro. Como dice Elizabeth Jelin1, “la memoria es un territorio en disputa”, que implica luchas, batallas, tensiones, porque en la construcción y significación de ese pasado se está jugando la edificación del presente y del futuro.

Los aniversarios constituyen un buen momento para recordar, y recordar implica volver a pasar por el corazón aquellas imágenes, colores, olores, sensaciones, ideas y afectos que nos remiten a lo ya vivido. Tras la imagen del Palacio de La Moneda en llamas, comienzan a aparecer otros relatos, memorias e imágenes que antes no encontraban una escucha social. Son conmemoraciones como esta, a 40 años del Golpe, las que nos permiten hacer una pausa en las agendas cotidianas y abrir espacios familiares, académicos, culturales, religiosos, comunicacionales y políticos desde donde hacer memoria.

Nuestro “11” es una fecha para recordar y homenajear a quienes ya no están, pero cuyos proyectos y sueños continúan teniendo sentido; una fecha para reflexionar sobre los límites y alcances de la condición humana; una fecha para discutir y decidir qué tipo de país queremos tener; una fecha que nos interroga respecto de nuestras prácticas democráticas y de convivencia social; una fecha que nos permite transmitir la experiencia a las nuevas generaciones; una fecha que, en definitiva, nos interpela como sociedad respecto a las tensiones y quiebres del pasado. Pues las fracturas no se resuelven con el silencio o con poner la mirada en el futuro, sino que, por difícil que sea, debemos incorporarlas a lo que día a día, en los distintos espacios, vamos construyendo como sociedad.

AFRONTAR EL PASADO
¿Por qué la psicología, la memoria y la historia? A grosso modo, podemos definir a la historia como la disciplina que se ocupa sobre el pasado, interés que la psicología comparte, ya sea en el plano de la biografía de un individuo, su familia o un grupo, pues hace inteligibles las formas de relacionarse consigo mismo y con los demás. De esta manera, tanto psicología e historia, al volcar su mirada sobre el pasado, procuran describir, analizar y comprender el estado actual de cosas.

Sin embargo, ese pasado que le interesa a la psicología no es aquel período glorioso de los héroes vencedores y próceres de la gran Historia.

Tomando a Benjamin2, a la psicología le interesa ese pasado “sobre ruinas”, que requieren ser develadas, reconstruidas y resignificadas. Esta historia de los vencidos concentra quiebres, fracturas, pérdidas y dolores, que cuando emergen incomodan y tensionan la convivencia cotidiana, amenazando la armonía y el funcionamiento individual y colectivo construido. A esto se debe que muchos prefieran no hablar del pasado y construir, en cambio, un presente con miras siempre al futuro, pues con ello evitan interrogarse a sí mismos y a su posición social y política pasada y presente.

En tiempos donde la memoria es entendida como un “almacén de información”, recordar y olvidar son temas relevantes para la psicología. Tenemos terror a olvidar, a no poder recuperar aquella información guardada. Quizás por ello padecemos de este “mal de archivo”3: queremos y pretendemos conservarlo todo y la tecnología digital nos permite la posibilidad de registrar cada escena de la vida cotidiana. Pero es evidente que no podemos almacenarlo y recordarlo todo, cual Funes el memorioso, y que esta “compulsión” nos impide la posibilidad de vivir y significar nuestras experiencias.

La memoria no puede ser entendida únicamente como una facultad individual y cognitiva, sino que, ante todo, constituye una práctica social. Recordar no implica sólo “recuperar información almacenada”, sino que es un ejercicio contingente y que se realiza con otros, sean estos virtuales o reales. Por tanto, toda posibilidad de memoria se remite a la posibilidad de olvido. Aun así, el olvido es visto como una falla en la memoria y como un mal del cual nadie quisiera ser presa, ya que, a diferencia de la memoria, el olvido escapa a nuestra voluntad.

De esta manera se explica que, incluso cuando se ha intentado, no ha sido posible generar técnicas ni dispositivos para “olvidar”. El pasado doloroso no depende de nuestra buena o mala memoria para ser parte del olvido; más bien, el silencio opera como mecanismo para ubicarlo en un lugar donde no incomode demasiado. Respecto a los dolores y horrores de la dictadura, por mucho tiempo la restitución de la convivencia postdictatorial pasó por la posibilidad de silenciar el recuerdo del pasado doloroso, a través de la ilusión de “haber dado vuelta la página”.

Pero, ¿es posible comprender el presente y construir el futuro desconociendo y silenciando al pasado? Desde sus diversas miradas, la psicología y la historia comparten la importancia de afrontar y reconocer el pasado para dotarlo de un sentido que nos permita reconocerlo como parte del trayecto que nos ha traído hasta acá.

El Golpe del 11 de septiembre de 1973 y los 17 años de dictadura forman parte de ese ayer doloroso, que ha sido reconstruido y simbolizado mediante variadas formas de producción cultural y de investigación social aun cuando se intentó ocultar tras el silencio. Desde la psicología, en particular, han tenido especial importancia aproximaciones a la comprensión de los efectos del trauma psicosocial producido en las personas que fueron represaliadas durante la dictadura; las formas de transmisión de la experiencia a las siguientes generaciones; las diversas representaciones colectivas sobre el “11” y la experiencia represiva; las múltiples formas de solidaridad y asociatividad construidas durante la dictadura; los discursos sobre la reconciliación nacional en la vida cotidiana, y las formas de conmemoración, objetos, artefactos y espacios para el recuerdo, sólo por mencionar algunos de los temas que han orientado la investigación y práctica desde distintas áreas de la psicología en los últimos años.

LA ESCUCHA
Así como desde la historia se ha estado reconstruyendo este pasado reciente a partir de los archivos y testimonios orales de quienes vivieron los acontecimientos referidos, la psicología ha debido proveer espacios de escucha individual y colectiva a una experiencia que resultó (y resulta) disruptiva para la armonía del psiquismo individual y social.

A los psicólogos se nos entrena para desarrollar técnicas de escucha frente a aquellas experiencias difíciles de nombrar, narrar y de colocar en diálogo con la sociedad. Durante la dictadura, esta escucha implicó una forma de resistencia a la violencia que se naturalizaba como práctica de Estado para legitimar los valores de “orden, trabajo y obediencia”. Iglesias y Organizaciones no gubernamentales sirvieron de alero para cobijar a los terapeutas que optaron por trabajar con quienes sufrían la represión, en años en que tanto contar como saber resultaban actividades peligrosas para la seguridad nacional. Estos profesionales asumieron la difícil tarea de atender, acompañar y ayudar a reconstruir la historia de hombres y mujeres víctimas de la represión política en la materialidad de sus propios cuerpos, los que fueron convertidos en un territorio donde se desplegó la violencia y la maquinaria del terror de Estado.

Así profesionales fueron abriendo un espacio para escuchar y conocer lo que aparecía tras el velo que ocultaban en el silencio y padecimiento físico y psíquico de miles de personas que sobrevivieron a la prisión política y tortura. La escucha permitió acceder a una experiencia que intentaba buscar y poner en palabras el recuerdo del horror vivido por hombres y mujeres que fueron objeto de la aplicación de “sofisticadas” técnicas de tortura y violencia sexual. El espacio terapéutico se abría para conocer desde los propios sobrevivientes aquello que Arendt denominó la “banalidad del mal”: la descripción de hombres y mujeres funcionarios de la rutina de los centros de tortura, que en horario de oficina operaban sobre cuerpos que fueron despersonalizados y reducidos a extensiones de materia sin sujeto.

El recuerdo sobre este pasado donde la tortura era amparada y financiada por el Estado no es fácil de tolerar. Es una memoria que duele e interpela a nuestras instituciones y posiciones como actores sociales y ciudadanos. Ejemplo de este silencio ha sido la cláusula que impide acceder a los testimonios y documentos reunidos por la Comisión Valech por un plazo de 50 años, con la pretensión de que la distancia ayude a escribir la Historia.

Pero la memoria no se somete, aunque se silencie y se intente disfrazar el pasado: aparece y reaparece con más fuerza con ocasión de este aniversario. Estos relatos no pueden ni deben quedar escritos únicamente en los Informes de las Comisiones Rettig y Valech, o en la piedra de un memorial o placa recordatoria, ni como parte de la colección de un museo, ni como documento en un archivo judicial, ni como anamnesis en una ficha clínica. Debemos incorporar todos estos elementos a nuestras conversaciones y prácticas cotidianas.

El aniversario de los 40 años del Golpe nos puede ayudar a situar el pasado en el debate público, pero es importante que, más cerca o más lejos de la conmemoración en sí misma, abramos los espacios para que circule la palabra sobre la experiencia vivida y transmitida, y se incorporen preguntas que hoy están haciendo eco. El objetivo no es que el pasado se vuelva magistra vitae, sino entender que la promesa del “nunca más” no se realiza mirando al futuro, muy por el contrario, se centra en las formas en que, día a día, vamos tejiendo y reconstruyendo
nuestra vida social.

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1 Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI.
2 Benjamin, W. (2005). Libro de los pasajes. Madrid: Akal.
3 Derrida, J. (1996) Mal de archivo. Una impresión Freudiana. Madrid: Trotta.
4 Arendt, H. (1999) Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.

 

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