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2013: 40 años del Golpe Militar y la fiesta electoral


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Por José Antonio Román Brugnoli, Magíster y Doctor (c) en Psicología Social, Universidad Autónoma de Barcelona Psicólogo y Licenciado en Psicología, P. Universidad Católica de Chile Académico de la Universidad Alberto Hurtado.

Si existiese algo así como un inconsciente de los pueblos, o al menos, como sugiriera Gabriel Salazar, importantes procesos populares que continúan su flujo de una manera subterránea o latente, sin duda estos meses constituyen un escenario propicio para que sus contenidos irrumpan en la sociedad chilena.

Este 11 de septiembre se conmemorarán los cuarenta años del golpe militar de 1973. La fecha se avecina en medio de un ambiente electoral, para cumplirse inexorablemente en vísperas de la celebración de las elecciones presidenciales. En adición, ambos acontecimientos acaecerán bajo la responsabilidad de un gobierno de derecha: una derecha en parte continuidad del sector político golpista, en parte renovación democrática.

Como si fuera poco, las elecciones nos presentan un contrapunto simbólicamente recargado: dos mujeres, ambas hijas de generales de la aviación implicados de manera antagónica en los sucesos del golpe militar, se disputan ante la ciudadanía el puesto presidencial. Incluso los medios han tematizado la manera en que un proceso judicial indaga sobre la eventual vinculación del padre de una de ellas con la muerte bajo torturas del padre de la otra. Una, candidata de las fuerzas de la derecha, hija de un representante de los poderes golpistas (los victimarios); la otra, miembro del partido del derrocado presidente Allende, hija de un representante de los derrotados (las víctimas). Una de delgadez casi enjuta y de un carácter militar; la otra, de una contextura nutricia y un tacto maternal.

Como narración, parece una variación de una teleserie de los ochenta años 80 escrita por Arturo Moya Grau, combinada con cierta novela de Isabel Allende –demasiado parecida en estilo a otra de García Márquez– que gozó de una versión cinematográfica. Algo así como “La madrastra contra la mamá de Chile”. Un espectáculo, pero que encierra y vuelve a traer al presente una parte de los más horrendos episodios históricos de la vida política de este país.

Resulta difícil deslindar responsabilidades o autorías sobre este guión electoral, que semeja más el efecto de un conjunto de accidentes que la obra de un escritor, si bien su producto esté constituyendo un éxito mediático como si de una fórmula televisiva se tratara. También es hasta cierto punto imposible establecer si este suceso se debe a esa capacidad de los medios de convertir lo que tocan en un producto de farándula o de marketing –y su correspondiente dificultad para tratar los asuntos de interés público mediante géneros más propicios– y/o a la infinita capacidad de adaptación de unos partidos políticos especializados en triunfar en cualquier ambiente.

Pero, mientras contemplamos el desfile de las candidatas a reinas de este carnaval electoral, cada una de ellas rodeada de un variopinto séquito de personajes en cuya caracterización sería largo ahondar, no sólo la inquietud de la cada vez más próxima conmemoración de los cuarenta años del golpe militar amenaza con interrumpir esta fiesta de la democracia que han de ser las elecciones. Desde fuera de la coreografía del carnaval, a destiempo, desde hace ya algunos años, asoman una y otra vez, de manera porfiada y con creciente adhesión, los descontentos, los indignados. Organizados en diferentes plataformas (gremiales, ambientales, territoriales, entre otras) y bajo distintas banderas de protesta, irrumpen los ciudadanos –el pueblo– manifestando su mandato y su poder constituyente.

Como dominados por el imperativo “el espectáculo debe continuar”, los medios y los políticos han hecho lo imposible por incorporarlos como invitados en esta fiesta electoral: desde la inclusión de sus voces –en el aspecto más simple de una semántica que se integra a los recursos retóricos de los candidatos o, más complejo, en ciertos esfuerzos programáticos–, hasta sus personas, en la figura de algunos líderes sociales que son integrados en uno y otro lado. Se aprecia un esmero en la clase política –como de anfitrión– que revela el temor a la amenaza de la celebración aguada. Y, sin embargo, algo no termina de juntarse ni de pegarse: ni la nueva semántica, ni las promesas de programas, ni “los nuevos rostros”, parecen poder tender un puente suficientemente amplio y robusto sobre el abismo que separa el ambiente de la “fiesta electoral” y el de la gente de a pie y sus biografías familiares de promesas incumplidas, abusos sistemáticos e indefensión sobre sus derechos.

Por una parte, la proximidad del cumplimiento de una cuarentena de años desde el golpe militar de 1973 agudiza las preguntas sobre la calidad democrática de nuestro actual Estado de derecho. Por la otra, un creciente segmento de la ciudadanía ya no parece conforme con ser invitada a una fiesta que se desarrolla en su propia casa y con su auspicio.

En una mano tenemos el total agotamiento de la fórmula de la transición a la democracia y del acto de la promesa política (las alegrías y fraternidades que están por venir pero no llegan, las justicias en la medida de lo posible, los crecimientos con equidad, etc.). Si se tratara de cheques, la ciudadanía los está protestando. Y parece una huida imaginaria pretender que este compromiso contraído puede ser evitado mediante eslóganes intimistas como “estoy contigo”, “estoy con ella”, “vuelvo por ti” o “ganemos juntos”, promesas débiles (“les digo que me esforzaré por”) u ofertas de reformas que constituyen una suerte de transición-para la transición-para la transición….así, hasta el infinito.

Y es que los pendientes reclamados por la ciudadanía son aquí como montañas que intentan ser disimuladas con avisos publicitarios: Estado garante de derechos sociales y de derechos humanos, modelo de desarrollo económico que asegure conciliación entre crecimiento y equidad, democracia representativa, y probidad privada y pública.

En la otra mano, tenemos que esta protesta social está siendo realizada hoy con una radicalidad que no admite elusión política, ya que hacerlo equivaldría a vulnerar la legitimidad de una democracia liberal: la ciudadanía demanda una participación vinculante y más directa sobre las decisiones de Estado que le afectan, es decir, que la razón de Estado se corresponda y se siga de una razón ciudadana. En tal planteamiento, lo que la ciudadanía está haciendo es apelar a su condición de constituyente, o de pueblo, dirán los más radicales. Es esta cuestión central la que se encuentra tras la demanda de una nueva constitución y la impugnación de “una constitución blindada” de ser cambiada en el ejercicio de la democracia que ella misma regula. Y es también la que está a la base del ejercicio del derecho a manifestarse en libertad haciendo uso de los espacios públicos.

Este nuevo escenario obviamente tensiona el papel que han venido jugando los partidos políticos en los últimos veinticinco años y les presenta la tentación de responder corporativamente constituyéndose como una clase política en la defensa de sus intereses; pero también es una oportunidad histórica para reencontrarse con la fuente de su legitimidad y reconducir su trabajo hacia el bien público y la defensa de los principios básicos que sostienen una democracia liberal.

En un momento en que las movilizaciones sociales están recuperando lo político como ejercicio y potestad de la ciudadanía, la sensatez indica que Chile necesita que la discusión política se ensanche en esa misma medida, en vez de insistir en reducirla a la propaganda de una fiesta electoral de unos pocos.

Sólo podremos celebrar verdaderamente las próximas elecciones, si en ellas se acogen los asuntos políticos, económicos y sociales postergados. Conmemorar el golpe militar de 1973 y escuchar las voces de las movilizaciones sociales, constituyen una oportunidad para ello.

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