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Mindfulness y Sufrimiento


Por Sebastián Medeiros, Médico de la P. Universidad Católica de Chile, formado como psiquiatra en la Universidad Paris VII y el Centro Hospitalario Sainte-Anne. Instructor Unidad Mindfulness Universidad Alberto Hurtado formado en el Center for Mindfulness de la Universidad de Massachusetts.

“De acuerdo al budismo, es el miedo a experimentarnos directamente lo que genera el sufrimiento” Mark Epstein

La psicología budista nace de la constatación que la encarnación humana incluye sufrimiento insatisfacción. Tanto el dolor físico como el malestar mental y emocional son inherentes por el simple hecho de tener un cuerpo y una mente. Esta psicología compara la experiencia dolorosa con la imagen de una primera flecha que nos llega a todos los seres humanos sólo por estar vivos.

Estamos sujetos a constantes cambios y modificaciones de los distintos aspectos de nuestra existencia personal e interpersonal. Por un lado, los cuerpos se enferman, van perdiendo cierta funcionalidad, envejecen y finalmente mueren. Por otro lado, en nuestra relación con las cosas y con los demás, no siempre obtenemos aquello que deseamos, nos separamos de lo que queremos, o estamos en contacto con lo que no nos gusta. Un amplio y variado espectro de emociones y estados mentales difíciles atraviesan y tiñen nuestro cotidiano. Miedo, tristeza, sentimiento de soledad, preocupaciones, tensiones corporales, vergüenza, rabia, sensación de vulnerabilidad, de abandono, de incertidumbre, etc. son sentimientos inherentes del existir y de estar en relación con el resto del mundo.

La práctica mindfulness, plantea una diferencia fundamental entre este tipo de dolor inevitable y lo que se denomina como sufrimiento “agregado”. Según la práctica, este último sería creado por nuestra mente y surgiría como consecuencia de resistir la experiencia del momento presente: como manifestación de no aceptar lo que realmente nos está ocurriendo, además de auto infligirse “segundas flechas” basadas, por lo general, en la autocrítica y el enjuiciamiento. Es este sufrimiento “agregado” o “adventicio”, lo que mindfulness intenta explorar y aliviar.

Al comprender la naturaleza de la resistencia podemos comenzar a liberarnos de este tipo particular de sufrimiento. La causa radicaría en la no realización del carácter impermanente e insustancial de los fenómenos perceptibles (pensamientos, emociones, sensaciones) incluyendo, en particular, la experiencia del self . Nos identificaríamos con la idea un self sólido, permanente y separado del resto, al que protegemos rechazando todo aquello que lo amenaza, aferrándonos a todo aquello que lo adorna y enaltece. Así, frente a cualquier situación, externa o interna, que ponga en peligro nuestra integridad física y/o psicológica, se genera aversión como reacción instintiva y la consecuente generación de hábitos e intentos por no estar en contacto con la experiencia, evitando o batallando en su contra. La relación habitual que se establece frente a situaciones incómodas suele ser, por un lado, de negación o de fuga y búsqueda de placer inmediato en circunstancias externas que distraen o anestesian de la experiencia.

O bien, frente a estados dolorosos se adopta una actitud de auto-mortificación psicológica (edificada sobre juicios hacia uno mismo, culpa, auto-recriminación) o de heteroculpabilidad (proyección y juicios hacia los demás). Junto a esto, y de forma más sutil, suele establecerse un intento por compensar, por controlar, por demostrar y probar que se está bien. Se produce así, un auto-monitoreo constante por alcanzar un cierto estándar por cumplir, generándose un sentimiento de superioridad con el que nos identificamos y aferramos. Según los psicólogos con orientación budista, este esfuerzo de auto-mejoramiento estaría basado en la creencia errada de que algo está mal o dañado en uno mismo y que necesita ser reparado o cambiado. Estas estrategias no hacen otra cosa que estancarnos y hundirnos en el malestar, en el sentirnos separados, atrapados en el sufrimiento.

Mindfulness constituye el corazón de las prácticas meditativas proveniente de la psicología budista (2600 años), cuyo fin es el alivio del sufrimiento. Esto se lograría, en parte, a través de un entrenamiento sistemático en la observación directa de los fenómenos mentales, las emociones, las sensaciones corporales y de los patrones condicionados fuertemente arraigados. Esta actitud exploradora debiera ser esencialmente no enjuiciadora y gentil. Así, frente a la experiencia dolorosa, la práctica mindfulness invita a cultivar una manera distinta de relacionarse con ésta, basada en la visión clara de lo que está sucediendo, en la ecuanimidad y la autocompasión o trato amable hacia uno mismo. Se comienza por reconocer que está ocurriendo en el momento presente, sea lo que sea (miedo, rabia, dolor, incertidumbre, etc.), llamándolo por su nombre. Al tomar consciencia ya permite tener cierta perspectiva.

Luego, en vez de rechazar o evitar lo difícil, se trabaja en ir progresivamente aceptando y permitiendo su despliegue natural. Aceptar no significa resignarse de forma pasiva a lo que nos sucede, victimizándonos, sino más bien, un abrirse con curiosidad y gentileza a la experiencia del momento presente, explorando su textura momento a momento. Al acoger de forma amable y al experimentar sin juicios y de forma descentrada aquello que normalmente es rechazado, se comienza a crear cierto espacio, que disminuye la reactividad habitual. Poco a poco, nos damos cuenta que las sensaciones corporales, los pensamientos y las emociones, por muy intensos que sean, son sólo una parte de la experiencia: fenómenos sin un carácter sólido o permanente, fenómenos que aparecen y pasan y, sobretodo, que no nos definen. Se va logrando un estado de no identificación con la experiencia dolorosa, un permanecer en la conciencia que da cuenta de lo que sucede y que no es perturbada.

Esta forma de aproximarse a la experiencia requiere de práctica y de gran coraje. No lleva implícitamente la intensión de erradicar aquello que nos ocurre y no nos gusta. Es un trabajo íntimo, un proceso profundo de abrirse a la amplia dimensión de quienes somos y de amistarse con nuestra naturaleza humana: su nobleza, su dignidad, su aspecto frágil y cambiante.

 

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