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Mindfulness en niños y adolescentes


Por María Elena Pulido, Magíster en Psicología Clínica, Universidad Andrés Bello. Instructora Mindfulness Universidad Alberto Hurtado; y Catalina Sáez, Psicóloga Universidad Alberto Hurtado. Instructora Mindfulness Universidad Alberto Hurtado.

Competitividad, agresión, desconcentración, hiperactividad, necesidad de placer instantáneo, soledad e inconsciencia, son estados a los cuales los niños y adolescentes de hoy se ven enfrentados a diario. Estos síntomas los observamos en la consulta psicológica y también en los niños que tenemos más cerca, si miramos con sutileza e intentamos dar cuenta de lo que ellos están sintiendo.

Sabemos que en la sociedad occidental se ha trabajado muchas veces bajo las premisas de evadir todas aquellas manifestaciones emocionales que no parecen satisfactorias y tolerables, creando un excesivo control o evasión frente a las emociones, pensamientos y sensaciones, que provocan salidas descontroladas, patológicas o poco relacionadas con el verdadero sentir y pensar de la persona.

En los colegios tradicionales aún no existe un espacio o instancia en la que los niños y niñas aprendan acerca de sus emociones, respondan preguntas fundamentales de la vida, o simplemente el cuerpo no sea visto sólo como un receptáculo que debe ser extremadamente bello, indoloro y útil.

Generar espacios para aprender a pensar, para que se den cuenta que la atención y la concentración se desarrolla, y puede ser cada vez más profunda sin tener que buscarse a través de un locus de control fuera de la persona y exigir excesivamente que los niños atiendan, escuchen y respondan a todas las exigencias, puede evitar que se sientan constantemente frustrados y aparezcan juicios inalterables e ideas erradas de sí mismos.

La mente tiende constantemente a enjuiciar y a encapsular las experiencias: las recordamos y queremos repetirlas u olvidarlas, las tildamos de buenas o malas y luego quedan aferradas en nuestra memoria según lo percibido. De esta forma, los niños comienzan a encapsular sus experiencias y nos encontrarnos con adolescentes completamente identificados con una imagen de sí mismos casi imposible de transformar.

Un ejemplo de lo anterior y de cómo los juicios van afectando la personalidad y la autoestima de los niños y adolescentes, se muestra en el inicio de los programas Mindfulness para niños y adolescentes que realiza la Unidad Mindfulness de la Universidad Alberto Hurtado. Los propios niños se presentan como hiperactivos, desconcentrados, desordenados e incluso malos, además, expresan que el silencio les aterra y molesta, que las emociones “negativas” no deberían existir porque desagradan a los demás y no les gusta sentirlas y que el cuerpo sólo se siente cuando duele.

En este sentido, en los Programas Mindfulness los niños y adolescentes logran diferenciar el juicio de la observación abierta, aprendiendo a no hacer juicios de si mismos, de los demás, ni de los sentimientos, pensamientos o sensaciones que van emergiendo, lo que les permite una postura más auténtica, más creativa y abierta hacia las experiencias que puedan desplegarse en el aquí y el ahora.

En nuestro país los diagnósticos de enfermedades psico-emocionales infanto-juveniles van en aumento, los trastornos ansiosos y depresiones infantiles han alcanzado niveles altísimos, y los tratamientos comunes se rigen mayormente desde la falta y no desde las propias herramientas del niño o adolescente. Promover activamente el desarrollo de la introspección y la comprensión de sí mismo y del funcionamiento del cuerpo, estimulan al niño y al adolescente a abrirse a su vivencia y aprender de esta -sin atribuirle de manera preconcebida- emociones y cogniciones que usualmente poseen una valencia negativa y que determinan un “sufrimiento agregado” o secundario a las sensaciones que son evaluadas como negativas y que aumentan los sentimientos más depresivos y ansiosos.

Por lo general, los niños asocian el silencio y la quietud al castigo, a la exigencia que viene después de una reprimenda, o a emociones de tristeza y aburrimiento. En la práctica Mindfulness se les proporciona una experiencia diferente, en el que estar en contacto con ellos mismos es una instancia de apertura. El hacer silencio, la quietud, la, meditación y el aprender a escucharse abren la posibilidad de conectarse con el espacio interior, emerja lo que emerja -incluso la tristeza- permitiendo que los niños y niñas se reconozcan en la experiencia vivida (emociones, pensamientos y sentimientos), escuchando las diferentes manifestaciones que pueden darse en cada momento, para tener y concebir una continuidad del sí mismo corporizado en la experiencia de Ser.

Cuando la aceptación y la atención plena se trabajan con los niños y adolescentes se crea un nuevo contexto cultural que hace de soporte emocional y crea una necesidad de salud y bienestar en todo el entorno que los rodea. Darle un espacio para la voz y para la conversación expande las posibilidades de diálogo hacia temas de índole espiritual, de salud, bienestar y educacional, produciendo un cambio de visión necesaria para la cultura de hoy.

A través de los programas Mindfulness, los niños y adolescentes aprenden a sentirse, a escuchar, a verbalizar lo que les sucede con mayor claridad, porque logran “mirarse”. La concentración aumenta, ya que desde un entrenamiento del silencio y la quietud, algo en su cuerpo comienza a ceder para otorgar espacio a la atención del momento presente, debido a que no hay nada adentro de sí mismos que luche por ser dicho (agresión, la ansiedad, la pena). Ellos comienzan a observar lo que va produciendo y emerge la compasión, la autoaceptación y la autorregulación.

En este espacio protegido, donde no hay juicios, los niños y adolescentes se sienten seguros y no juzgados por los demás, poco a poco se aceptan a sí mismos, y pueden desplegar sus emociones, simbolizándolas y a la vez comunicándolas sin miedo, logrando detectarlas con mayor facilidad, así esto se puede ir desplegando con mayor fuerza en la vida cotidiana, porque hay un espacio interior y una vivencia encarnada que queda internamente en cada uno y una.

Integrar la mente y el corazón, no enjuiciar, escuchar el cuerpo, mirar las emociones y aprender a atender, son características que emergen desde una práctica entretenida que a través de actividades experienciales y dinámicas posibilitan un encuentro sincero de los niños con sus propias experiencias.

“Me he dado cuenta de que tenemos algo como senti-pensamientos, sentimos y pensamos, pero todo eso va junto, no se puede separar y así puedo entender mejor lo que me está pasando, sin importar si es algo bueno o malo…” (Testimonio de una niña de 9 años)

 

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