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Apelaciones a lo juvenil: entre la continuidad y la transformación de lo político


Por Renato Moretti, Psicólogo Educacional y Magíster en Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile.

Si bien la juventud depende de su articulación con lo “viejo”, como periodo del ciclo vital es posible asimilarla a la adolescencia1, etapa que tiene en la formación de identidad psicosocial uno de sus focos principales. Erik Erikson2 destacaba que la formación de identidad es un proceso complementario con aquellos de carácter histórico-social, y que las dificultades con que se encuentre una sociedad para reconocer los compromisos de su juventud puede conducir a crisis históricas.

Hoy, en una coyuntura que desde diferentes perspectivas es calificable como incierta, conviven discursos con características ideológicas diversas que interpelan a la juventud en pos de la generación de compromisos con la sociedad y la política.

Slavoj Žižek3 afirma que la ideología, como contenido que no transparentemente es funcional a una relación de dominación social, puede descubrirse fácilmente en la relación dialéctica entre lo “viejo” y lo “nuevo”: cuando un acontecimiento anuncia algo completamente nuevo pero es percibido como continuación o retorno del pasado o, por el contrario, cuando es percibido como ruptura del orden existente, siendo en realidad parte de su lógica.

Podríamos aplicar esta idea a la percepción de una crisis de legitimidad de las instituciones políticas chilenas, ante la cual se ha sostenido que una medida eficaz de renovación es la integración de lo juvenil, por ejemplo, a través de la convocatoria de nuevas masas de votantes (inscripción automática y voto voluntario). Sin embargo, esta postura se descubre ideológica en la medida se trata de integrar a la juventud dentro de un orden político que no ve alterada su estructura, es decir, se presenta como novedad, siendo en realidad coherente con la lógica existente de las cosas.

De modo inverso, el movimiento estudiantil ha sido percibido por el Gobierno como “más de lo mismo”, otro ciclo de movilizaciones estudiantiles, y luego tratado como un conjunto de acciones y reclamos ilegítimos y excesivos. Pero, ¿no será que el movimiento estudiantil ha estado anunciando la llegada de lo nuevo?

Desde cierta perspectiva tal pregunta se encuentra respondida de antemano, al señalarse que el movimiento estudiantil corresponde a una política totalmente diferente y antagónica a la vieja política de los partidos. Pero, ¿no cabría preguntarse si esta idea tiene un componente ilusorio? En el análisis de Fernando Atria4, se puede observar que la Constitución fue diseñada para que las decisiones políticas no concordaran con el resultado de las elecciones populares y que ello ha derivado en una política de partidos separada de la sociedad civil. Lo social-movilizado como opuesto a lo político-partidario parece ser parte de la lógica del ordenamiento actual. Sin embargo, aun discutible, aquella forma de ver las cosas parece menos ideológica, pues permite reconocer la existencia de antagonismos sociales y la tenuelegitimidad democrática de nuestro ordenamiento político, de origen y carácter profundamente autoritario.

Si se consideran estos discursos como dirigidos hacia lo juvenil, se podría objetar, usando términos del psicoanálisis, que cuando se intenta aplacar la crisis de representación integrando lo juvenil se opera con el modo de la negación, como si no existiera un problema de legitimidad fundamental en nuestro ordenamiento. Pero también se podría cuestionar que si el adulto atribuye al movimiento social juvenil la responsabilidad de hacer saltar tal ordenamiento sin incluirse, está bordeando el modo de la proyección, cargando en otros la dolorosa responsabilidad que tienen las generaciones mayores en su gestación y mantención.

Ahora bien, ¿qué impacto podrían tener estos discursos en la formación de identidades juveniles? En el Informe PNUD de 20095 se señala que en la construcción de identidad se requiere de referentes y que estos se presentan débiles en nuestro espacio público (tómese en cuenta la baja confianza de los jóvenes hacia las instituciones políticas6), lo cual redunda en una integración frágil entre la adolescencia y la sociedad chilena. Considerando esto, el llamado a la participación electoral de los jóvenes no puede asumir de antemano la generación de un compromiso político con las instituciones; si es incluso probable el rechazo. En cambio, el discurso que opone lo juvenil y social con lo político y viejo, ofrece un relato mucho más coherente y convocante para quienes perciben el orden actual como injusto, aunque sea discutible y ofrezca el riesgo de constituirse en un discurso autorreferencial.

En este sentido, es razonable pensar que nuestra coyuntura no es solo crisis de representación, crisis del modelo o simple malestar social, sino también una encrucijada en la relación sociedad- juventud; cruce en que una multitud coincide con el empeño de construir una sociedad en que sea más digno reconocerse.

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1 Dávila, O. (2004). Adolescencia y juventud: de las nociones a los abordajes.
Última Década, 21, 83-104.
2 Erikson, E. (1994). Un modo de ver las cosas. Escritos selectos de 1930 a 1980 (S. Schlein, Comp.). México: Fondo de Cultura Económica.
3 Žižek, S. (2008). Ideología. Un mapa de la cuestión. México: Fondo de Cultura Económica.
4 Atria, F. (2012). La mala educación. Santiago: Catalonia-CIPER.
5 PNUD. (2009). Desarrollo humano en Chile. La manera de hacer las cosas.
Santiago: Autor.
6 Baeza, J. (2011). Juventud y confianza social en Chile. Última Década, 34, 73-92.

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