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Encerrados


Por Fernando Contreras, Psicólogo y Licenciado en Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile Magíster (DEA) en Sociología, Universidad Autónoma de Barcelona, España.

Recientemente, un reportaje de televisión denunció que un grupo de empleados eran sistemáticamente encerrados en su turno de noche dentro del supermercado Santa Isabel. A juzgar por las opiniones en redes sociales y las repercusiones en la prensa, surgió una indignación espontánea en la opinión pública. Es una reacción plausible y alineada con la posición políticamente correcta, que establece que nunca debe parecernos normal que se trate así a nadie. Pero si nos detenemos un poco, veremos que la normalidad en la realidad laboral chilena está a menudo cruzada por fenómenos
como el retratado.

¿Qué es lo sorprendente en la noticia? ¿Qué vimos esta vez, que no sabíamos y que nos escandaliza tanto? Una posible respuesta es que el encierro impone un riesgo considerable a los trabajadores, los que se agrava particularmente en una ciudad afectada hace tan poco por un tsunami y un terremoto, como Talcahuano. Sin embargo, trabajar en condiciones de riesgo no es nuevo ni poco frecuente. Incluso los empleadores argumentan que el encierro es una forma de cuidado hacia las personas. No son los riesgos laborales los que nos escandalizan. Si así fuera, muchas tareas más riesgosas que el encierro de estos trabajadores no se llevarían a cabo, por ejemplo en la construcción y la minería.

La segunda opción es la penuria que supone trabajar de noche, y más todavía en un empleo de bajo salario. Pero tampoco eso es lo más reprochable: en empresas de faena continua existen los turnos de noche y los empleos de bajos salarios pueden ser una alternativa preferible a la cesantía. La combinación de ambas cosas es una situación incómoda, pero no insoportable y racionalmente muchas personas la escogerían por sobre otras opciones. Quizás nos ofendería menos si en el supermercado ocurriera como en otras empresas, donde esta condición laboral da lugar a compensaciones económicas, lo que mitiga en parte el desgaste de las personas.

Una tercera posibilidad de entender el fenómeno es que estos hechos ocurren en una empresa mayor. Tal vez la capacidad de asombro se había copado en 2010 ante las condiciones de trabajo en la pequeña y mediana minería. Que se vea algo de este tono en una empresa de un holding renombrado como Cencosud podría explicar el estupor de la opinión pública. Sin embargo, el sector del retail es conocido por tener prácticas laborales en el límite de la legislación laboral, en las que prima el uso intensivo de la fuerza de trabajo, bajos salarios, horarios extensos, sistemas disciplinarios muy exigentes y regímenes precarios de contratación, entre otros. Podría decirse que el reportaje agrega un ejemplo más a este listado.

Pero eso es, lamentablemente, sólo anecdótico. No debería sorprendernos demasiado que empresas de renombre ofrezcan empleos precarios. Trabajadores sometidos a riesgos ambientales, condiciones precarias y difíciles son una parte de nuestra realidad y lo seguirán siendo. No es eso lo que tanto nos incomoda. Lo que ha llamado nuestra atención es la intuición de un atropello a los derechos fundamentales de las personas. Ni siquiera se trata de derechos sociales y económicos que se pasan a llevar, como en otras ocasiones, sino derechos más elementales como la libre circulación, el trato digno, el cuidado de la vida y el de la salud. El estupor de la audiencia tiene su causa en la triste imagen de nuestra democracia que este episodio nos deja, y en lo lejos que estamos de tratarnos como iguales. La corrección de este tipo de condiciones de trabajo no es, por tanto, una tarea exclusiva de la institucionalidad laboral: nos recuerda que un mundo del trabajo más digno es una parte central de una sociedad más democrática.

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