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Colegios y psicólogos: En busca de la derivación adecuada


 Por Marisol del Pozo, Psicóloga y Licenciada en Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile Terapeuta Familiar y de Pareja, Instituto Chileno de Terapia Familiar. Directora Centro de Atención Psicológica, Universidad Alberto Hurtado.

Para los colegios particulares subvencionados o municipalizados, la figura del psicólogo, como recurso ante dificultades de adaptación, conducta o aprendizaje de los estudiantes, es más bien nueva.

Antes de surgir como alternativa, la  respuesta más habitual ante este tipo de dificultades era “falta disciplina”. El niño o adolescente debía incorporar ciertas pautas de comportamiento y, de no alcanzarlas, había que exacerbar las normas disciplinares para que tomara conciencia de su error.

En esta lógica de cómo opera el aprendizaje faltan elementos que han aportado la psiquiatría, la neurología y también la psicología: los distintos ritmos de madurez de los niños, los trastornos de ciertas funciones que dificultan el aprendizaje o la interferencia de trastornos emocionales en el desempeño y adaptación escolar.

Cuando desde un colegio derivan a un niño o joven “al psicólogo”, faltan muchos elementos diagnósticos. Cierto: es imposible para una institución educacional realizar ese tipo de evaluación, y discriminar entre la necesidad del niño o joven y su propia necesidad normativa o de desempeño como institución. Es así como llegan derivaciones complejas de abordar, no necesariamente porque el problema sea particularmente grave, sino porque en la solicitud legítima y explícita del profesor y/o del colegio, viene una serie de demandas implícitas que encubren precariedades del sistema educacional, del sistema de salud, o de otras instituciones.

Entre las consultas  infanto-juveniles que recibimos de colegios, nos encontramos con distintos tipos de complejidades:

Por ejemplo, derivaciones en las que conviven las creencias antiguas con las nuevas respecto de lo que le falta al niño o joven: “le falta  disciplina” y “le falta   comprensión”. Se deriva al psicólogo como instancia de regulación y control superior a la escolar, esperando que el profesional responda a esta doble lógica ambivalente.

También llegan derivaciones en las que las expectativas superan con creces  las posibilidades reales de un proceso terapéutico, como en el caso de algunos retrasos madurativos, que se compensan con el tiempo y con tratamientos de apoyo.

Y recibimos también derivaciones en las que, además de problemas de conducta  por falta de adhesión a las normas,  el niño o joven  comunica a través de ello una falta de convicción respecto de  la educación que está recibiendo.

Con lo anterior quisiera señalar la importancia de no mitificar la consulta al psicólogo. No es el recurso que viene a cubrir falencias de un sistema educacional ni logra responder a todos los mandatos sociales depositados en él.

Hay que resaltar la importancia de coordinar las  derivaciones, para lo cual la posibilidad es poder establecer un dialogo entre la institución “colegio” (y/o profesores) con su lógica, y la institución “Centro de Salud Mental” (y/o psicólogo) también con su lógica.

Esta dimensión del trabajo clínico con niños y jóvenes, derivados desde una demanda que surge inicialmente desde el colegio, es parte de lo que podríamos denominar un abordaje psicosocial en salud mental infanto-juvenil.

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