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Ciberespacio: ¿Nuevos lazos sociales? :-)


¿El espacio virtual solo nos confronta a la desocialización? Tal vez ese riesgo responde a nuestra incapacidad de concebir que existan, junto a los vínculos sociales presenciales, otras formas de relación.

Por Ximena Zabala C., Psicóloga y Licenciada en Psicología, Universidad de Chile. (c) Doctor en Psicoanálisis y Prácticas Sociales, Universidad de París VII (Francia).

La aparición de nuevas tecnologías de la comunicación ha provocado una profunda transformación social al modificar las coordenadas espaciotemporales sobre las cuales los hombres desarrollan su experiencia en el mundo. La circulación acrecentada de imágenes, sonidos, símbolos y palabras ha copado los espacios culturales más lejanos y desestabilizado sus referentes territoriales tradicionales.

¿Cuáles son los alcances de esta novedad? Las reacciones contradictorias de asombro, de fascinación, pero también de temor y de rechazo, que nos genera el espacio virtual muestran que aún hay un debate sobre sus implicancias sociales.

Al respecto, solo un dato histórico: en el pasado, la aparición de tecnologías de la comunicación también generó reacciones adversas de optimismo y rechazo. El cine y la TV fueron en su momento considerados artífices de una nueva violencia.

Confrontados a la novedad, los psicólogos somos también convocados a reflexionar sobre las consecuencias psicológicas de la realidad virtual. Signo de esta reflexión es el riesgo de desocialización que el enfrentamiento con el ciberespacio parece traer aparejado. Bajo el efecto casi hipnótico de las imágenes virtuales, se dice que los individuos, fascinados frente a las pantallas, parecieran haber perdido el interés por sus relaciones sociales inmediatas. Tal inmersión no sería sino la prueba de un comportamiento evasivo frente a las frustraciones que implica la relación con los otros y la realidad, y que peligrosamente los acercaría a un nuevo tipo de adicción virtual. En ese sentido, estos individuos habrían preferido desarrollar contactos virtuales, que por no ser obligatorios, les habrían permitido esquivar los conflictos con solo desconectarse de la red.

Alejados de la mirada del otro, sus contactos virtuales no lograrían interpelarlos, de modo que se encontrarían a salvo de toda vergüenza, sujeción, posibilidad de reconocimiento o de culpa. Fuera de toda relación inmediata, la inmersión en la virtualidad les habría permitido proteger su narcisismo del encuentro amenazante con las demandas y los deseos de los otros, y así mantener pseudocontactos sin ningún tipo de compromiso.

Expresado en estos términos, entonces, el blog solo podría ser considerado como una plataforma para la exhibición de un narcisismo autista; las comunidades virtuales, el espacio para saltarse las ataduras identitarias de clase, género, sexo y nación, e inventarse más allá de cualquier control social; el chat, un medio para sostener pseudocontactos, como ocurre a veces con los adolescentes que usándolo pueden sostener varias relaciones amorosas a la vez.

Sociólogos como Giddens y Larraín han señalado que en el mundo contemporáneo el vínculo y las formas de integración social descansan en racionalizados sistemas mediadores que redefinen un tipo de sociabilidad que deja de ser espontánea. La mediación electrónica establece que las relaciones sociales se amplíen y salgan del marco de obligatoriedad de la sociabilidad presencial.

Pensemos en las comunidades virtuales como instancia electiva de interacción en tiempo real entre individuos o grupos dispersos. Los resultados arrojados por estudios antropológicos señalan que los sujetos que participan en ellas están lejos de correr un riesgo de desocialización. Por el contrario, la participación en ellas exige códigos de buen comportamiento expresados, por ejemplo, en las formas de escritura del chat. Lejos de haber perdido la capacidad de dirigirse a otros verbalmente, estos sujetos participan en encarnizados debates por escrito, donde pueden desarrollar argumentos incisivos.

Al respecto Appadurai señala que si bien a primera vista las comunidades virtuales parecen representar la ausencia de relaciones cara a cara y la comunicación social múltiple que supone la idea de comunidad, no deberíamos contraponer tan rápidamente comunidad virtual y comunidad presencial. Las comunidades virtuales son capaces de movilizar ideas, dinero y lazos sociales que terminan aterrizando en las comunidades presenciales locales. En ese sentido, ambos tipos de comunidades se interrelacionan y sientan las bases para la emergencia de nuevas formas de socialización, estilos de vida y tipos de organización social.

Lo mismo pasa, en el caso de los niños, con los juegos interactivos por Internet. En principio, parecen conllevar un riesgo de desocialización porque el niño juega solo y pasa largas horas frente al computador. Sin embargo pronto se ve que esa actividad no queda solo ahí. Como lo señalan las investigaciones llevadas por Tisseron, el niño debe resolver ciertos problemas planteados por el juego que lo llevan a discutir con sus compañeros en el colegio, a comprar y pedir prestadas revistas; en resumen, a preguntar e intercambiar con otros: dimensiones de socialización que normalmente pasan inadvertidas para los adultos. En ese sentido, el mundo virtual no conlleva necesariamente a la desocialización, sino que puede producir otras formas de lazo social, que incluso potencien los vínculos presenciales localizados.

Ahora, si bien los niños entre 11 y 14 años pueden tender a replegarse más sobre los juegos virtuales, esta situación no es causada por la supuesta nocividad de dichos juegos. El repliegue en el juego es un efecto relativo a algún problema que habría que buscar en el entorno relacional inmediato del niño más que en el juego mismo.

Es preciso considerar que existen muchas formas de interactuar con el ciberespacio. Es distinto participar de una comunidad virtual, de un chat, construir solitariamente un blog, consumir pornografía o participar en juegos de rol. El lugar que ocupen estas ocupaciones en el conjunto de las actividades de un sujeto, los modos como pueda él o ella referirse a dichas actividades frente a otros y la consideración integral de las circunstancias de cada sujeto son mejores indicadores de su estado psicológico que la mera verificación del uso de un dispositivo tecnológico como puede ser Internet.

El punto es no caer en una postura que rechace los cambios que nos propone el mundo virtual. En tanto psicólogos, este tipo de posición podría llevarnos a tomar medidas impensadas, como aconsejar a los padres que prohíban a sus hijos el acceso a Internet. Es sabido: la prohibición aumenta la curiosidad; si no es en casa, será donde los amigos.

Ante este tipo de “soluciones” es mejor reconocer que los cambios tecnológicos han ocurrido para quedarse y que junto a las formas tradicionales, el ciberespacio nos aporta nuevas formas de establecer lazos sociales. En ese sentido, la realidad virtual no es menos “verdadera”, sino tan válida como la de los vínculos presenciales, cuyos efectos no cesan de afectarnos. La realidad virtual, en tanto producción histórico-cultural, es parte de nuestro imaginario y no está exenta de conflictos, como tampoco lo está la realidad a la que estamos acostumbrados.

  • Appadurai, A. Modernity At Large: Cultural Dimensions of Globalization. Ed. University of Minnesota Press.
  • Giddens, A. Les conséquences de la modernité, Paris : Éd. l’Harmattan, 1994
  • Larraín, J. Modernidad, Razón e Identidad en América Latina, Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996.
  • Tisseron, S. Qui a peur des jeux vidéo? Ed. Albin Michel, 2008

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