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La medicalización de la vida


¿Cómo es que poco a poco se ha ido entrometiendo la psicopatología en lo cotidiano y se ha vuelto la mejor de las narraciones para explicar nuestro mundo interior? El siguiente ensayo intenta arrojar algunas luces al respecto.

Por Ps. Ricardo Pulido, Psicólogo y Licenciado en Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile. Doctor en Psicología General y Clínica, Universidad de Bolonia, Italia. Director Magíster en Psicología Clínica: Estudios Sistémicos Avanzados de la Familia y de la Pareja. Universidad
Alberto Hurtado.

“Nadie habita el mundo, sino exclusivamente la propia visión del mundo”.

Los psicofármacos son un instrumento excepcional que permite superar profundas crisis psicológicas y, algunas veces, rehabilitarse y/o reducir el sufrimiento asociado a patologías mentales severas.

A finales de los noventa, a algunos pacientes, que llevaban más de 20 años olvidados en el pabellón de crónicos del hospital José Horwitz, se les suministraron neurolépticos de última generación y los resultados fueron sorprendentes. Muchos despertaron del “coma subjetivo” en el que se hallaban y recuperaron una identidad personal. Nada que decir en casos de depresión severa, con tentativas suicidas o grave descontrol de impulsos. Los que han estado en contacto con este tipo de sufrimiento saben perfectamente en qué medida un buen tratamiento farmacológico puede salvar una vida e incluso, en algunos casos, contribuir a la restauración de la esperanza subjetiva.

El problema en realidad aparece cuando observamos, por ejemplo, uso masivo de psicofármacos en niños. Esto, por lo general, responde más bien a la necesidad de controlar la angustia de sus padres. Ellos, cada vez menos capaces y con menos tiempo para tolerar la tristeza y los llamados de atención de sus niños, encuentran un primer alivio al saber que lo que le sucede a su hijo tiene nombre (“depresión”, “hiperactividad”) y que existe un tratamiento ad hoc (Prozac y Ritalín, respectivamente). En efecto, ¿cuán difícil es pensar que la tristeza del propio hijo se debe a que se siente solo y que no es capaz, dado su nivel de desarrollo emocional, de elaborar y tramitar este sentimiento de otro modo? ¿Cómo no abandonar a los niños frente a un televisor y ganar así un poco de calma, reposo y desconexión?

El problema aflora también cuando los otrora conocidos como “movimientos del alma” sobrepasan el umbral de tolerancia cada vez más bajo del ciudadano medio y se vuelven diagnóstico psiquiátrico: síndrome depresivo y de ansiedad generalizada se usan para dar cuenta de la tristeza y la preocupación respectivamente; ansiedad social y fobia social señalan lo que antes conocíamos como timidez y extrema reserva.

¿Cómo es que poco a poco se ha ido entrometiendo la psicopatología en lo cotidiano y se ha vuelto la mejor de las narraciones para explicar nuestro mundo interior? Ciertamente no son las casas farmacéuticas ni la psiquiatría biológica los principales responsables de esta indiscriminada psicopatologización y medicalización de la vida cotidiana. De hecho, éstas son más bien consecuencias extremas de un modo particular de pensar la esencia del ser humano y su sentido existencial. Según Galimberti2 , la patologización de las experiencias humanas que ayer se consideraban normales, responde a la exigencia de nuestra sociedad de homologar no solo el modo de pensar sino, por sobre todo, el modo de sentir de las personas.

Poco a poco la medicalización se ha ido entrometiendo y colonizando los acontecimientos más importantes de la existencia humana: nacer y morir son casi impensables fuera del ámbito hospitalario. Y cuando las voces disidentes, usualmente asociadas a discursos neohippies y/o anticientíficos, intentan manifestarse, el discurso estadístico, fundamento de toda la ciencia médica, se hace a un lado cediéndole temporalmente el trono a la casuística: extrañamente ni los partos exitosos que suceden fuera del hospital, ni las muertes o daños producto de las intervenciones médicas, gozan de tribuna en los medios de comunicación.

¿Por qué ya nadie se siente interpelado cuando se reduce la existencia humana a materia, a moléculas organizadas y sometidas a las leyes de la evolución darwiniana donde la interioridad y la misma conciencia, como nos lo sugiere Daniel Dennett3 , no son más que meras anécdotas del intercambio neuronal? Mi impresión es que no tenemos otra opción: en la actualidad el ser humano urbano y globalizado, explícita o implícitamente se piensa de esta manera y por ende sus decisiones vitales más relevantes, desde cómo entender y curar la tristeza de un ser querido hasta el propio proyecto existencial a trazar, las hace considerando éste por sobre cualquier otro entendimiento de sí mismo y del otro.

Todos estamos dentro de esta ideología que proclama la equivalencia entre subjetividad y cerebro. Ya comienzan a aparecer nuevas ramas de la ciencia que perfectamente podrían reemplazar sus versiones arcaicas, tal como la astronomía y la química sustituyeron alguna vez a la astrología y la alquimia. Las neurociencias están llamadas a colonizar todos los campos del saber. Neuroteología, neuropsicoanálisis, neuroética, neuromarketing y neuroestética, entre otras, son algunas de las nuevas disciplinas que hoy gozan de los mayores financiamientos en el mundo desarrollado, infinitamente superiores a sus versiones no “neuro”4 .

Más que una señal de alarma, estas observaciones simplemente anticipan el curso natural de lo que ya se está gestando en nuestro modo de entendernos. Hoy nos parece del todo normal lo que hace sólo cinco o diez años nos escandalizaba y levantaba polémicas (el uso del celular es un buen ejemplo, y para qué hablar de cuánto dura la resistencia a los sistemas de comunicación virtual como Facebook: en pocos meses se pasa de “adversario feroz” a “miembro activo”). Por eso, no debemos sorprendernos cuando se requiera una fMRI cerebral junto al propio currículum como praxis en la selección del personal o cuando nos veamos en el dilema de darle a nuestros hijos (y a nosotros mismos) aquella píldora tan efectiva y masificada que aumenta la actividad frontal del cerebro e inhibe el sistema límbico y permite una prestación intelectual significativamente superior al cererebro normal. ¿Y por qué no? Para esta pregunta, hoy no hay buenos argumentos en contra. Es sólo una cuestión de tiempo.

Antonio Ambasciati, uno de los psicoanalistas más renombrados de Italia, hace unos cuatro años sostuvo una conferencia sobre neurociencias y psicoanálisis en la Universidad de Bolonia. Mientras comentaba cómo la teoría Kleiniana de la memoria estaba siendo confirmada por los descubrimientos neurocientíficos, uno de los presentes le preguntó: “Profesor, ¿por qué someterse a un tratamiento psicoanalítico en lugar de tomar psicofármacos?”. Respuesta: “Hoy en día los beneficios de un análisis son superiores, pero el día en que el fármaco reporte los mismos o mayores beneficios, no habrá motivo para empeñarse en un análisis”. A simple vista parece una respuesta sensata y pragmática, pero lo cierto es que deja entrever cuánto los mismos que hasta hace algunos años se erigían como opositores al discurso medicalizante, no tienen, en el fondo, argumentos para sostenerse. De hecho, la ideología que opera tras el uso masivo de psicofármacos no es distinta a la que motiva las terapias cognitivas, conductuales y muchas de las actuales psicoterapias psicoanalíticas, tan efectivas y eficaces desde el punto de vista científico de las “psicoterapias basadas en la evidencia”. Así lo denuncia lúcidamente el cientista social Frank Furedi, de la Kent University: “El imperativo terapéutico que se va difundiendo, más que la autorrealización promueve la autolimitación. De hecho, el postular un Self frágil y débil, implica que para organizar la existencia se necesite recurrir continuamente a los conocimientos terapéuticos (…). Es alarmante que tantos busquen consuelo y alivio en un diagnóstico. Se puede observar, en la institucionalización de una ética terapéutica, el inicio de un régimen de control social (…). La terapia, de hecho, como la cultura extensa de la cual es parte, enseña a quedarse en el propio lugar. A cambio, ofrece los dudosos beneficiosos de la confirmación y del reconocimiento”5.

¿Existe un argumento filosófico, una limitación de principio, que muestre la imposibilidad de reducir la subjetividad humana a cerebro y por tanto, tarde o temprano, su terapéutica y estimulación a fármaco? ¿Existen argumentos para postular la libertad del individuo, y no su adaptación sin más, como la verdadera cura de lo humano? Si la respuesta es no, entonces es sólo una cuestión de tiempo que la ciencia siga progresando y que nuestras subjetividades acepten sus adelantos. Si este es el panorama, en las próximas décadas llevaremos la medicalización de la vida a su cumplimiento y ni siquiera sabremos cuál esencia de lo humano hemos descuidado, ya que no alcanzamos la serenidad que al parecer todos buscamos, más allá de la seguridad y protección tan urgentes en un mundo colonizado por la ansiedad y el miedo.

Según Heidegger, “que la fisiología y la química fisiológica puedan investigar al ser humano en su calidad de organismo, desde la perspectiva de las ciencias naturales, no prueba en modo alguno que en eso «orgánico», es decir, en el cuerpo científicamente explicado, resida la esencia del hombre”6. ¿Dónde, entonces, fundar la esencia y el sentido de lo humano? Para el filósofo alemán, las categorías del humanismo (en todas sus formas: romanticismo, iluminismo, marxismo, etc.) no son una alternativa viable en nuestra actual “edad de la técnica”. De hecho, el apelar a los valores del humanismo sucumbe una y otra vez en su intento por detener los avances de la técnica, pues toda ética humanista se funda en una visión histórica del ser humano, que lo enmarca dentro de un mito de origen y una destinación final, es decir, dentro de un horizonte de sentido. ¿Pero qué sentido ofrece la versión técnica del ser humano? Ninguno. El mito evolutivo no contempla un sentido, solo un perfeccionamiento técnico, una versión mejorada, o bien la extinción, tal como sucede con los celulares o los softwares que, de no actualizarse, se extinguen y son reemplazados por otras especies tecnológicas.

¿Desde dónde repensar, entonces, lo humano? Hoy por hoy oscilamos, en forma estéril, entre el impulso melancólico de retornar a un humanismo idealizado y la inercia omnipotente e impersonal del nihilismo científico-técnico. Para recuperarnos de este extraño letargo, Heidegger pregona el advenimiento de un nuevo pensamiento, que en lugar del olvido, rememora la verdad del ser. No como abstracción o tótem, sino como el hecho mismo y concreto de ser del humano, único entre los entes que se pregunta por el sentido y al cual le va su existencia. ¿Qué intenta decirnos el filósofo con esto? Pues que lo más esencial del ser humano no es algún atributo calificativo (ser social, ser racional, ser biológico, ser relacional, etc.) ni la síntesis de éstos, por tanto ningún fundamento puede erigirse desde una definición predicativa de lo humano. Pero esta constatación nos aproxima a lo más esencial y originario que hay en nosotros: que podemos pensar –vivenciar y decir– la verdad del ser: “¿Por qué existimos y no más bien nada?”7. Tal como los Koan en la tradición Zen, esta no es una pregunta que persiga una respuesta, sino un misterio que reclama ser contemplado y rememorado.

 

1 U. Galimberti, I miti del nostro tempo. Feltrinelli, Milano, 2009.
2 Ibid.
3 D. Dennett, Dulces sueños: Obstáculos filosóficos para una ciencia de la conciencia. Katz Editores, Buenos Aires, 2005.
4 F. Bertossa & R. Ferrari, La Mirada sin Ojo. JC Sáez Editor, Santiago (en prensa).
5 F. Furedi, Therapy Culture – Cultivating Vulnerability In An Anxious Age. Routledge, New York 2004 (pág. 21)
6 M. Heidegger, Cartas sobre el Humanismo.
Alianza Editorial, Madrid 2000.
7 Parafraseando la pregunta con la que Heidegger concluye su ensayo ¿Qué es metafísica? (Fausto, Buenos Aires, 1992): “¿Por qué hay ente y no más bien nada?”.

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