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Ser voluntario


El trabajo voluntario, especialmente luego del terremoto, está siendo muy valorado por nuestra sociedad. Sin embargo, quienes se embarcan en esta responsabilidad social, necesitan entender qué significa esta tarea y construir un “saber solidario”. De lo contrario, su eficacia disminuye y puede implicar un alto desgaste emocional.

Por Ps. Irene Salvo Agoglia, Psicóloga, Universidad de Chile. Master en Asesoramiento y Orientación Familiar, Universidad de Santiago de Compostela, España. Especialista en Atención Integral a Víctimas, Universidad Complutense de Madrid, España. Académica Facultad de Psicología Universidad Alberto Hurtado.

Aún cuando en nuestro país existe larga tradición de realizar acciones de voluntariado, en el contexto del desastre colectivo experimentado el pasado 27 de febrero esta labor se ha generalizado.

El trabajo voluntario constituye un fenómeno en el que confluyen diversos intereses por parte de quienes lo ejercen. Su realización puede ser motivada por los deseos de ayudar y por un espíritu de solidaridad social. Representa una oportunidad para muchos jóvenes de promover su proceso de realización personal mediante la experiencia de conocer y tomar contacto con la realidad social, vivir situaciones nuevas y/o adquirir una experiencia pre-profesional: pueden así sentirse socialmente útiles y satisfechos.

No obstante, el voluntariado está lejos de ser una experiencia ideal. Implica una serie de desafíos. En muchas ocasiones los voluntarios acuden con expectativas excesivamente altas y poco realistas sobre la contribución que harán, lo que puede llegar a producir intensos sentimientos de frustración e ineficacia. Otras veces, el fuerte componente de cohesión grupal y la sensación de entusiasmo y empoderamiento pueden llevar a adquirir protagonismos y a realizar “hazañas heroicas” que exceden las propias posibilidades personales y/o grupales. En otras oportunidades, los voluntarios pueden encontrarse con situaciones imprevistas que marcan radicalmente la experiencia, como altas demandas de contención o de respuesta inmediata por parte de los beneficiarios, momentos del día en que hay poco que hacer, bajo nivel de organización en las localidades donde se presta la ayuda y desacuerdos con las líneas de decisión o entre voluntarios.

Todo lo anterior exige de parte de los voluntarios una alta flexibilidad y capacidad para tolerar las situaciones poco organizadas y cambiantes, junto con la comprensión de que aún cuando se perciban instrucciones poco claras, es necesario responder a las directrices centrales y seguir los canales de comunicación formal.

Ser voluntario es, sin duda, una labor que implica un profundo sentido de compromiso y responsabilidad social y que debe ser realizada de forma organizada desde un programa de acción establecido que responda a objetivos y complemente métodos y recursos para definir y dar continuidad a la actividad. Desde el punto de vista organizacional, la labor se verá optimizada y resultará más gratificante en la medida que exista fluidez y claridad de la comunicación entre voluntarios, se ajusten las expectativas y el tipo de tareas, se delimiten claramente los roles complementarios y se establezca un coordinación eficiente a nivel interno y con otras organizaciones que actúan a nivel local, de tal forma de no caer en el activismo de “hacer por hacer”.

Es claro que el ejercicio de voluntariado requiere una capacitación adecuada. Para ayudar a otros no basta con la buena voluntad y, por tanto, se hace imprescindible dotar al voluntariado de una formación adecuada que instrumentalice sus perspectivas, objetivos y prácticas. En este sentido, no basta con querer “ser voluntario”, el desafío es poder es construir un “saber solidario” de manera de poder brindar ayuda de calidad a los más necesitados.

 

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